Crónicas desde la ciudad

Convento de Las Puras (XV): Expolio (y II)

  • En 1851 el obispo Anacleto Meoro adquirió a Las Puras 325 metros del patio y la casa del portero para ampliación del Seminario Conciliar. El Obispado sigue adeudándole 19.729 reales

Convento de Las Puras (XV): Expolio (y II) Convento de Las Puras (XV): Expolio (y II)

Convento de Las Puras (XV): Expolio (y II)

Cuando en 1872 el joven Trinidad Cuartara accedió al vetusto caserón de la Plaza Vieja para hacerse cargo de la arquitectura municipal, dos importantes asuntos reclamaban especial atención: la dirección (no política) de la comisión de Ornato (Urbanismo) y el arbitrar soluciones al intricado callejero heredado. Aunque desconocía los sinsabores profesionales que el cargo le reportaría: ni el Ayuntamiento disponía de fondos suficientes para expropiar ni los propietarios estaban dispuestos a ceder graciosamente terreno. Además, los problemas de alineamiento, ensanches y derribos venían enquistados de antaño. 

Calle Cervantes 

Convento, calle Cervantes Convento, calle Cervantes

Convento, calle Cervantes

Culminada en 1855 una de las fases ampliatorias del antiguo Seminario en la plaza de la Catedral, el muro conventual que discurría por la calle Cervantes sobresalía de la línea marcada por aquel en una extensión de 69 varas de longitud por 7 de alto (vara castellana = 0,836 metros). La ya de por sí estrecha vía, una de las más concurridas de la capital por carruajes “que la cruzan diariamente desde el muelle y que conducen géneros a la Aduana de Rentas” (hoy plaza de la Administración Vieja), originaba serios problemas de tráfico; razón de frecuentes riñas entre carreros y peatones. La pared incluso mostraba evidente riesgo de derrumbe. 

En consecuencia, concepcionistas y ayuntamiento se avinieron amistosamente a su retranqueo hasta el alineamiento actual. De ello se encargó el maestro alarife José de Rull, siendo 3.640 reales el justiprecio abonado a las monjas por los metros de huerta perdidos. En noviembre de 1878 el Municipio finiquitó su actuación sobre la vía pública en la zona con el ensanche de la plazuela de La Fuente (la citada Administración Vieja) y del Carmen (Juez). De nuevo llegaron a un acuerdo con la Mayordomía del convento con el pago de 1.747 reales por el área detraída. Sobre el solar intramuros construyeron después el colegio de La Inmaculada (UNED). 

Calle Angosta 

En diciembre de 1874 la II República Española ha concluido su corta andadura. Restaurada la monarquía borbónica, la Iglesia almeriense retoma su inusitada fuerza, teniendo en el obispo José Mª Orberá su mayor adalid. Previamente a la llegada del valenciano, Cuartara (el “caballerito Cuartara” en lenguaje monjil) afronta un enconado litigio con Las Puras. En noviembre del año anterior denuncia el estado ruinoso de los 90 metros de tapia que discurren a lo largo de la calle Angosta o de las Monjas (hoy Gutierre de Cárdenas) y, ante la falta de repuesta, insiste de nuevo el 15/10/1874. En esta ocasión la armonía precedente desaparece y en su lugar se establece una especie de pulso -agrio y con ribetes de desacato- entre la institución eclesiástica representada por su gobernador en “sede vacante” (Rafael Hernández Comín) y la alcaldía presidida por Francisco Barroeta. 

Al margen del indecoroso aspecto, el lienzo perimetral amenazaba con desplomarse y ocasionar daños en las personas y casas colindantes. Le conceden un plazo de 48 horas para solventar el problema. La propiedad (sor Juana Gabrieli, abadesa) no acepta la premura y protesta enérgicamente la orden de demolición: “Rogando a VS. se abstenga en lo sucesivo de dirigir apercibimiento a mi autoridad en interés del muto respeto que todas las autoridades se merecen”. El arbitraje solicitado al arquitecto de Obras Civiles de la Provincia y del propio Obispado, Enrique López Rull, confirma punto por punto el pronóstico de ruina formulado por su homólogo municipal. Finalmente, las monjas debieron costear la construcción del nuevo alzado, restituyéndose la paz entre las partes. 

Seminario conciliar

Demorando largamente lo dispuesto por el Concilio de Trento (1564) de fundar un Seminario -próximo a cada catedral- en el que “se criasen mozos desde doce años para arriba, con toda virtud y recogimiento y letras, y que aprendiesen las Ceremonias Eclesiásticas y todo lo demás que toca al servicio del Culto Divino”, el obispo Juan de Portocarrero ordenó su erección en junio de 1610. Para ello compró a Leonor de Solís, en 700 ducados, unas casas principales y tienda al sur del convento, “en la calle que va a la plaza del Juego de Cañas y a la Morería (Cervantes) y que habían pertenecido al deán Francisco González”. Su larga trayectoria docente y humana la expone magníficamente el profesor Trino Gómez Ruiz en “Historia del Seminario de Almería, 1610-2010”. Pero hubo más terreno dispuesto para el nuevo edificio. Lo narra el cronista Francisco Jover. Primer expolio, en la frente. ¡Y eso que pertenecía a la misma orden franciscana!: 

El obispo Portocarrero, apremiado por la obligación que tenía de construir un seminario, se apoderó de parte del convento para edificar el actual (…) Quizás en compensación permitió edificar la torre que sirve de mirador, por cuyas altas ventanas se gozaba de la vista del mar y de toda la ciudad; por la parte Norte se dominaba la plaza del Juego de Cañas, donde se celebraban todos los festejos de la Ciudad… 

En el medio milenio que les tocó vivir puerta con puerta, no han sido precisamente conciliadoras determinadas iniciativas del vecino Seminario, antes el contrario: se asemejan más a la de un ave de rapiña sobre la presa inerme. El listado de agravios se perpetúa en el tiempo hasta el más reciente mandato del emérito Rosendo Álvarez. Avanzamos hasta la segunda mitad del siglo XIX y a otro sangrante expolio. 

Impagado 

Del prelado Anacleto Meoro Sánchez no deben guardar las monjas buen recuerdo precisamente. Si por él hubiese sido, Las Puras habrían desaparecido de Almería. Solo la enérgica determinación del nuncio Apostólico, monseñor Brunelli, y de la mismísima Santa Sede, pudo contener la pretensión de unirlas con Las Claras en una sola comunidad (dentro o fuera de la capital); atropellando los derechos de fundación, hábito y reglas de cuatro centurias concepcionistas. Juan López Martín dedica siete páginas de su episcopologio (1999) a glosar la correspondencia (Archivo Vaticano) entre el nuncio y prelado con la lista de injurias y desprecios vertidos sobre el convento y sus moradoras por Meoro Sánchez y que yo, laico y agnóstico, no voy a reproducir por “caridad cristiana”. Para más inri, falleció sin ceder en su animadversión enfermiza ni abonar en su totalidad el importe del terreno adquirido en 1851 para la ampliación del Seminario que se llevó a efecto en 1866. 

Eusebio Sánchez Sáez, mayordomo del monasterio, elevó (1879) un amplísimo memorándum (dispongo de la copia validada) al entonces obispo José Mª Orberá, rechazando, por tendencioso y descabellado, el informe elaborado por una comisión episcopal que trataba de justificar el pago en metálico y otros conceptos de la cantidad acordada. Tras una prolija disección del mismo, demuestra que del total de los 30.565 reales en que se valoran los 325 metros anexionados y la casa del portero, el Seminario, o en su defecto el Obispado, le debía (y aún le adeuda) a Las Puras 19.729 reales de los de hace siglo y medio.

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