Periodismo

Mención Larra y Camba a Manuel Peñalver

Mención Larra y Camba a Manuel Peñalver Mención Larra y Camba a Manuel Peñalver

Mención Larra y Camba a Manuel Peñalver

La Junta Directiva del Centro Gallego de Santander ha decidido, por unanimidad, otorgar la Mención Larra y Camba al brillante artículo David Gistau era John Ford, publicado en Diario de Almería, el sábado 15 de febrero de 2020, por el prestigioso articulista Manuel Peñalver Castillo, con motivo de la muerte del memorable columnista del diario El Mundo. Igualmente, la Mención hace referencia al excelso artículo, Camba, el periódico y los libros, de Manuel Peñalver, publicado en Diario de Almería, el 19 de noviembre de 2018.

Esta Casa Regional, en su Centenario, y como lectora y antóloga permanente de la obra periodística del genial gallego de Vilanova de Arousa, Julio Camba, considera que los mencionados artículos reúnen la excelencia literaria y las palabras que no se olvidan, con una prosa que el símbolo de Larra y la genialidad de Camba alumbran en las generaciones de la lengua de Quevedo, Octavio Paz y de ellos mismos.

Estos artículos de Manuel Peñalver merecen ser recordados con esta Mención de Honor Larra y Camba en la historia del periodismo español, que esculpe los siglos en la memoria de estos dos periodistas universales. Así es, porque estas columnas, con esa luz, inextinguible, infinita, que una página cervantina y un hexámetro homérico perpetúan, son la antología del estilo, que la intemporalidad de Francisco Umbral esculpe en la sintaxis ática del periodismo.

Reproducimos este magistral artículo, que también publicó la FAPE

David Gistau era John Ford

Alguna vez, lo vi en el bar del Palace, con un dry Martini en la mano, como si estuviera conversando con Rita Hayworth y Buñuel, Ava Gardner y Orson Welles, Sofía Loren y Cary Grant, en aquellas butacas de cuero verde y paredes de madera noble, carrera de san Jerónimo abajo, donde la fuente de Neptuno es mitología en la estampa de las horas. La columna derrama lágrimas y desciende en un recuadro de azul marino y dibujos de Dalí al paseo del Prado, para inmortalizar al articulista del diario El Mundo en las salas de Velázquez, como si allí estuvieran también Quevedo y Larra, Camba y Umbral, Ruano y Alcántara. El periodismo del siglo XXI lo convirtió en el dios de los columnistas, en héroe de John Ford y cronista entre los viejos anaqueles que huelen a volumen encuadernado en piel. Leía a Truman Capote y Norman Mailer, al gran Talese y las metáforas de Franz Sinatra, con el reloj de Gary Cooper en el péndulo del tiempo. Las manecillas esculpen su nombre en los cuartos de hora, melodías Westtminster y Whittington, de una odisea sin retorno, mientras Rita Haywoord y Gina Lollobrigida encienden la luna de la noche. Bordaba la columna en su verdadera fecha cincelando los párrafos, tal estos fueran un dueto con María Callas y Pavarotti en los instantes que recitamos las Coplas de Manrique, a las cinco en punto de la tarde de la elegía de Lorca. David Gistau: torero en el ruedo de la existencia, con el olor a tinta de un hexámetro de Virgilio en el metro de París, con dirección al Sena: allí, donde los manuscritos son soles que modelan los recuerdos y la historia, el pergamino de quien ha sido Cervantes y Stendhal en el periódico.

Los golpes bajos en el cuadrilátero de la vida se han llevado una pluma que caligrafiaba los sintagmas como un tenor que se inspira en la música de Beethoven, Mozart, Wagner o Bach. Quería ser como el juez Priest para amparar a Madame Bovary y a Max Estrella, a Ana Ozores y a don Latino de Híspalis, a bohemios y prostitutas, a marginados y proscritos, a malditos y alcohólicos; hasta convertirlos en personajes de Flaubert o Baroja, con la prosa de los siglos, que era la suya. La pluma de Gistau fue el dáctilo de Di Stéfano, el yambo de Gento, el anfíbraco de Amancio, la pajarita de Sherlock Holmes, el capote de Morante, la pintura de Goya y la sintaxis de Fígaro. O, quizá, la nostalgia del jazz, la fantasía del rock, el mar de Ulises, el esplendor de la cadencia, la eternidad de Quevedo, el wiski con un chorrito de jugo de limón de Hemingway, el Bourbon de Sean Connery, el lirismo de James Stewart y la infinitud de Azorín.

La parca, alevosa y pérfida, raptó a un escritor de periódicos, que convirtió la columna en lienzo y soneto, en cine y tráiler. Todos los que escribimos en un periódico queríamos ser como él: un imposible que nunca prescribe. Sin parecerse a John Wayne o a Dean Martin, desenfundaba antes que nadie la métrica y la retórica que convierte el folio en una página que habla el griego y el latín. Esculpía los artículos para que la escritura fuera un prodigio homérico y el periodismo llegara siempre antes que la literatura a la cita con el silencio proustiano que también era el de Umbral. Gistau permanecerá siempre como un actor genial de una película de Ford: El sol siempre brilla en Kentucky o El hombre tranquilo. Volveremos a ver La diligencia en blanco y negro y sabremos que David vive entre nosotros con las chaquetas vaqueras, las camisas de cuadros, con los bolsillos llenos de bolígrafos, y los vaqueros de metáfora porteña en los ayeres de Madrid, con sus cuatro hijos y Romina: la Penélope de sus sueños. Lo reconocía la Plaza Mayor, con dirección a la Latina, y un periódico bajo el brazo, hasta encontrar el fondo ilustrado del artículo del día en la paleta de los atardeceres, perdido entre la gente. Los pretéritos se repiten, mientras pronunciamos las palabras que persisten rememorando a Marilyn Monroe en la larga memoria que nunca podrá arrastrar el viento. Gistau, verdadero, solo había uno: el que entretejía la columna con el violín de Joshua Bell, la Smith-Corona de T. S. Eliot, la Underwood portable de William Faulkner, la Parker Duofold de Conan Doyle y el tango de Gardel. Como si un artículo suyo fuera De aquí a la eternidad de Burt Lancaster y Deborah Kerr y los besos de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca. O, tal vez, el metalenguaje del cruce de piernas de Sharon Stone, que Netflix nunca prohibiría, a pesar del cigarrillo.

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