Almería

Noches de frío y pobreza

  • Voluntarios de Cruz Roja reparten alimento y comprensión a personas sin hogar

  • Más de 1.900 usuarios en el último año, entre 70 y 100 por jornada

  • Tienen dos rutas por la capital, una de interior y otra por la costa 

Cuando acaba la jornada laboral no vuelven a casa a descansar. Un grupo de casi 400 voluntarios de Cruz Roja, los que forman parte de la Unidad de Emergencia Social, se enfundan sus chalecos y guantes azules y se echan a las calles con la firme intención de ayudar a las personas especialmente vulnerables, sobre todo cuando el frío arrecia. Son los que mejor conocen la realidad de los sin techo, hombres y mujeres que malviven en cajeros y portales entre mantas y cartones, y hacen lo imposible para poder cubrir sus necesidades básicas de abrigo y alimentación. Esta unidad que se puso en marcha hace una década y que se ha exportado al resto de las capitales andaluzas no sólo se concibió para repartir la comida reparadora a la gente sin hogar, su objetivo va mucho más allá y pasa por la mejora de sus condiciones de vida atenuando la exclusión y pobreza. Cada vez que establecen una relación directa con personas sin recursos inician una mediación para que salgan de la calle a través de servicios sociales y programas de formación e inserción laboral. El albergue es otro propósito y las residencias para la tercera edad. Y a los que sufren drogadicciones hay que convencerlos para que se integren en las comunidades terapéuticas. Nadie tiene más facilidad que un voluntario de Cruz Roja, que lleva muchos años ofreciendo comida y comprensión a los indigentes sin pedir nada a cambio, para iniciar esa hoja de ruta hacia la salvación.

A lo largo del último año fueron 19.000 las intervenciones que se han realizado en la provincia, la mayoría en la capital y acciones puntuales en El Ejido, Roquetas y Adra dónde hay mayor trabajo en los asentamientos de inmigrantes. La Unidad de Emergencia Social atendió en 2017 a 1.900 personas, entre 70 y 100 en cada salida tres veces por semana (martes, viernes y sábados), y se ha convertido en un programa de referencia por el incremento de ciudadanos que se han visto abocados a sobrevivir a la intemperie. Antonio Alastrue es uno de los artífices de esta labor solidaria que se remonta a 2008 cuando la organización constató que cada vez había más personas en la calle de manera crónica, sin recursos. Constituyó un grupo de ángeles de la noche y estableció dos rutas para llegar al mayor número posible de necesitados. De hecho, el recorrido no es estático y varía en función de los focos en los que se concentra la pobreza. Algunas de las personas sin hogar les avisan por el día y cuando reciben visitas de la trabajadora social de que van a cambiar el emplazamiento para no quedarse sin su ración de café, magdalenas, sándwiches, zumo y caldo cuando cae la noche. Y la operativa nunca falla ni se pospone, ni por la meteorología ni por cualquier otra circunstancia. "Al llegar un temporal de viento, frío y lluvias se refuerza la entrega abrigos y mantas. Nos ponemos el chaquetón y salimos en su busca y no nos importar mojarnos porque es cuando más nos necesitan". Es más, las noches de tempestad se eternizan porque las personas que viven al aire libre buscan refugio y es más difícil localizarlas. Pero no se puede bajar la guardia. Más de 2.000 voluntarios recorren cada madrugada las principales urbes del país intentan abarcar el mapa nocturno de la marginación. En la capital almeriense son dos itinerarios, por litoral e interior del término municipal, con paradas obligadas en las sucursales del BBVA, una de las entidades que deja abiertos los cajeros y no los restringen sólo a los clientes a través de las tarjetas.

La historia de una noche junto a los menos tienen comienza a las nueve. Los integrantes de la Unidad de Emergencia Social que se han movilizado esa jornada se desplazan con un par de vehículos Mitsubishi L200 tipo ranchera del garaje de la Asamblea Provincial a las dependencias de Cruz Roja en el Puerto. Allí hay personal que se encarga del aprovisionamiento. La nave principal está en el polígono sector 20. Cada semana realizan envíos de comida y ropa de abrigo para las salidas nocturnas y para atender la llegada de pateras. En una hora se carga el material en los coches y se define el equipo que cubrirá cada recorrido. Siempre sale un dispositivo de cuatro personas por vehículo. Antes de partir reciben las instrucciones básicas, pero el briefing lo dejan para después, al terminar, cuando ponen en común las experiencias y posibles aprendizajes y analizan la realidad de vivir sin hogar para, como puntualizan, "no llevártelo a casa". A las diez inician el recorrido. "Tango 10 para Tango 11, 5 de 5. Buen servicio". Las comunicaciones son clave en su desempeño y por cuestiones de seguridad. Previamente reciben formación con los protocolos de actuación y de manipulación de alimentos. La iglesia de Plaza de España es la primera parada. En el lateral, bajo el soportal, está Fernando, un vecino de Adra que después de varias rotaciones se ha establecido en el templo cristiano con la aquiescencia del párroco. El camino prosigue por la Avenida de Cabo de Gata y a la altura de plaza Manolo Escobar tienen una escala obligada. Hay una una sucursal del BBVA donde esa noche duermen tres personas de Europa del Este. Una es mujer, cubierta con chaqueta de lana y un pañuelo blanco rodeando su cabeza, pregunta a sus viejos conocidos que dónde está la tarta porque es su cumpleaños. A otro ya lo habían visitado por la mañana cuando voluntarios de Cruz Roja acompañaron al cónsul lituano en su desplazamiento por la ciudad para prestar servicio itinerante a sus compatriotas sin hogar. Nada mejor que recurrir a la Unidad de Emergencia Social como principal herramienta de proximidad con los más necesitados, para poder localizarlos y actualizar el censo creciente. 

La expedición solidaria sigue en dirección al Auditorio Municipal Maestro Padilla. En el interior se celebra un evento y los invitados toman un aperitivo en la entrada. A través de las puertas traseras de cristal se puede ver, pero nadie se percata, a un reducido núcleo de indigentes tirados sobre la acera de la salida de emergencia. Desde hace unos meses es su vivienda al aire libre, ambientada dos o tres noches por semana por acordes de los conciertos. Sólo unos metros separan la miseria del chaqué. Allí está Mirko, un esloveno afincando en la provincia desde hace casi una década. Era militar en su país y se quedó sin nada. Decidió mudarse a Gandía a recoger naranjas para después dar el salto al tomate en la capital. Convive con un alemán y un catalán, Carlos, un treintañero que perdió el trabajo y agotó las prestaciones por desempleo. Bajó un verano y se quedó en Almería y ha decidido que su familia esté al margen y no conozca su realidad de vida. Ha iniciado el itinerario hacia la reinserción laboral gracias a la mediación de Cruz Roja. No es el perfil habitual. La mayoría de personas sin hogar de la capital tienen entre 40 y 60 años. Los tres residentes de la parte de atrás del Maestro Padilla se muestran muy agradecidos con los voluntarios a los que tratan con mucho cariño y respeto. Aseguran que han tenido que echar a otro vagabundo por su actitud. "Es un follonero y se mete al recinto cuando están realizando los montajes de espectáculos". La calle tiene sus propias normas. La música clásica sigue sonando y las rancheras de Cruz Roja inician su ruta hacia el interior de la Vega de Acá. Toca visitar a Álex, habitual caminante del Paseo Marítimo con su perros y rastas. Por la noche se refugia en una chabola levantada en una mínima balsa abandonada cerca del parque del Andarax. El frío aprieta en esas coordinadas a menos de un kilómetro del mar. Ya son casi las doce y el termómetro baja a 11 grados, pero la sensación térmica es muy inferior. Los que peor lo tienen en invierno son los sin techo que se cobijan entre unas barcas en desuso en El Palmeral.

Desde el levante la ruta vuelve hacia el interior de la capital. Por la calle Mónaco, una perpendicular a la Avenida del Mediterráneo, les está esperando Tomás, que sufre una enfermedad mental pero no quiere recibir tratamiento. Es una de las asignaturas pendientes de la sanidad pública, recoger a estas personas con o sin diagnóstico que no reciben medicación ni respaldo familiar. Un poco más adelante, en los soportales de un edificio de la vía de circunvalación más extensa de la ciudad, se esconde debajo de la manta otra persona anónima que no habla ni con los voluntarios que le llevan la comida. Otro de los cajeros del BBVA, el más próximo a la jefatura de Policía Local, es el siguiente punto en el mapa de la marginalidad. Allí se pinchó una rueda una noche y los sin techo socorrieron al personal de Cruz Roja a la hora de cambiarla. Enfrente hay otra sucursal de La Caixa en la que se descansa Alfredo con su bicicleta. Es hablador y no para de relatar experiencias y batallas, casi ninguna con final feliz. Cuenta que tenía un buen puesto trabajo, pero sufrió un derrame cerebral al que siguió un divorcio y una caída sin retorno en el infierno de las drogas del que no logra salir. 

A continuación, bien avanzada ya la noche, hay escala en uno de los parques de Nueva Andalucía en el que se concentra una importante colonia de inmigrantes subsaharianos sin apenas luz. El olor a marihuana es insoportable. Nada más llegar los voluntarios les preguntan por los abrigos. "En Europa ya no viven en la calle ni los perros, dónde están los que nos gobierno en España", comenta Mamadou. Esa pregunta se la hacen unos cuantos. En los aparcamientos bajo el puente de la Avenida del Mediterráneo vive en su pequeño camión convertido en residencia María y otra persona. Le incomoda la presencia de un fotógrafo y está algo alterada, por lo que coge rápido su porción y se mete en el remolque. Es el momento del parque del Carrefour, uno de los puntos calientes. Debajo de la zona techada, al final del aparcamiento, hay otro conjunto de personas, en su mayoría nacionales. Los usuarios españoles representan el 55% de los atendidos por esta unidad. En años anteriores con la crisis esta proporción llegó a rozar el 80%. El más afortunado conserva el coche y puede pernoctar en sus asientos, el resto debe conformarse con una esterilla sobre la calzada.

"Esta unidad es la que más me gusta porque no consiste en darle un bocadillo, es poder ayudarle después. Si faltas algunos días te preguntan y si te los encuentras por la calle te saludan y agradecen lo que haces". Lo cuenta Mercedes en la recta final de recorrido. Esta licenciada en Derecho lleva más de un año desempeñando la labor más social y está muy satisfecha. Una de las voluntarias que más rodaje e implicación tiene con la Unidad de Emergencia Social a la que dedica su tiempo libre desde hace más de cinco años, Teresa Molina, asegura que entró casi por curiosidad. Venía de colaborar en socorro y emergencias y ayudar a las personas sin hogar es una de sus pasiones. "Te va enganchando y se genera un vínculo al ver que necesitan ayuda y sólo nos tienen a nosotros, hay días en los que no han hablado con nadie y ese factor humano es más importante que la comida", argumenta. A veces se consigue que salgan de la calle a través de la reagrupación familiar y el acceso a servicios sociales. Por las mañanas los visitan técnicos y una trabajadora social para ver si aceptan ir a centros de encuentro y acogida (CEA) para inmigrantes y drogodependientes en los que pueden recibir atención sanitaria y psicosocial, además de cubrir sus necesidades de higiene, comida reparadora, lavandería... todo lo básico para minimizar los daños del consumo de estupefacientes y alcohol y reducir el impacto de la marginación. A veces recapacitan y vuelven a casa después de una discusión con los familiares. Y ahí la mediación de los voluntarios es fundamental. Su papel también es vital para la detección y apoyo en situaciones de crisis emocional. Más allá del alimento, Cruz Roja ofrece compañía y calor para que no se rindan en la adversidad y se esfuercen por salir de su situación.

Con anterioridad al estallido de la crisis sólo repartían magdalenas y café, pero empezaron a percibir que los sin techo tenían cada vez más necesidades de alimentación. De ahí que se incorporen zumos, sándwiches y caldos al menú que cada noche distribuyen más de dos mil voluntarios en España. En 2009 y 2010 se cerró el grifo a los que iban haciendo chapuces para ir tirando en lo económico. Según relata Antonio Alastrue, a partir de ese momento atendieron con excesiva frecuencia un perfil de trabajadores de la construcción, de entre 40 y 50 años, que pierden el empleo, se separan y acaban en la calle. Primero duermen en una pensión y después pasan al coche para acabar entre cartones los que no logran remontar el vuelo. Del albergue la mayoría no quieren ni oír hablar. "Hay cierta resistencia porque tienen un horario y no se puede beber nada. La gente de la calle no quiere normas, necesitan un centro de acogida de exigencia mínima", explica el coordinador de esta unidad. Entre los episodios más positivos recuerdan que no hace mucho consiguieron que una señora afincada en las esquinas de la Intermodal, con problemas de movilidad, tuviera plaza en una residencia de la tercera edad. Su cara de satisfacción valía por mil noches a la intemperie. Pero hay también recuerdos dañinos que le pellizcan el corazón. Otra mujer de avanzada edad, con patología terminal, falleció en la calle Blas Infante. "Si hubiésemos salido esa noche a lo mejor habría muerto en el hospital y no sóla en la calle", asegura Teresa Molina. La crisis, en retirada para la mayoría, sigue muy presente en su ruta. En 2015 atendieron a 1.324 personas y en el último año 1.900. Sobran los motivos para ensalzar su labor en la noches de frío y pobreza.

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