coronavirus almería La vida tras la mampara

  • Las precauciones para evitar contagiarse y contagiar cambian nuestra forma de comprar

  • Farmacias, estancos, tiendas de alimentación... están a diario en primera línea de peligro de contagio

La farmacéutica María José García, en su establecimiento de Balerma. La farmacéutica María José García, en su establecimiento de Balerma.

La farmacéutica María José García, en su establecimiento de Balerma. / Anyo

La mampara llegó cuando pudo llegar. Con el Estado de Alarma ya decretado y con decenas de personas acudiendo a diario a la farmacia sin todavía haber aprendido a vivir en esta especie de libertad condicional que nos ha tocado. Ahora, más de dos semanas después de que todo empezara y tras las bofetadas que nos va dando la realidad a cada minuto, ya sí estamos siendo unos confinados ejemplares. Pero al principio no. Ni los usuarios de la farmacia ni casi nadie. Y la mampara tardó en llegar varios días. De hecho, María José tuvo que ir a buscarla fuera de Almería, en un viaje extraño, desasosegante, sin coches en la carretera, solo camiones. Para su tranquilidad, y la de Miriam, y Gabriel, y José Manuel –sus compañeros en esa línea tan expuesta del frente de batalla contra el bicho–, aquel cacho de metacrilato ensartado en dos maderos, acabó por llegar. Y desde entonces todos ellos respiran más tranquilos. Es su armadura.

María José (derecha) y Miriam, en la farmacia de Balerma. María José (derecha) y Miriam, en la farmacia de Balerma.

María José (derecha) y Miriam, en la farmacia de Balerma. / Anyo

Una hilera de sillas garantizan, a modo de barrera, que los clientes no puedan quebrar la distancia de seguridad antes de llegar a la armadura de la tranquilidad. El ‘tráfico’ en la farmacia solo puede tener un sentido, y discurrir por un ‘carril’, formado de la puerta al mostrador por expositores y publicidades de laboratorios, esos armatostes vistosos que traían los comerciales en sus diarias visitas, cuando la vida era vida, y las colas en las horas puntas se formaban dentro de la sala, no en la acera.

María José vive estos días desinfectando. Ha aprendido a no tocarse la cara y casi siempre lo consigue, aunque el cerebro a veces la quiere engañar. Desinfectan incluso las cajas de medicamentos que entregan a los usuarios

“Es increíble cómo el miedo nos cambia”, reflexiona María José, la farmacéutica, lo mismo que lo son su padre y su madre. Y su hermano. Y su abuelo, tíos y primos. “Todo fluye ahora dentro de lo que cabe, todos nos estamos adaptando a esto porque no nos cabe otra, pero al principio había mucha gente que parecía que la cosa no iba con ellos. Venían a pesarse, por ejemplo, exponiéndose y exponiéndonos a todos a un contagio; o a preguntar si había mascarillas, o gel, o alcohol...”. Ahora, los que se querían pesar ya no van, “porque lo han entendido, y los que entraban a preguntar, en casi todos los casos, cambian la visita por una llamada de teléfono, y eso es lo que deben hacer por el bien de todos”.

María José vive estos días desinfectando. Ha aprendido a no tocarse la cara y casi siempre lo consigue, aunque el cerebro a veces la quiere engañar. Desinfectan incluso las cajas de medicamentos que entregan a los usuarios. Ella y sus compañeros alargan los brazos con el datáfano bajo la ranura de la armadura, para que los clientes paguen con la tarjeta sin que se toquen. Y siempre, tras cada operación de venta o cada posibilidad de roce, lavan y desinfectan las manos. “Todo lo que se haga por evitarlo es poco, en esta situación y estando tan expuestos como estamos en las farmacias”, defiende.

Hay que adaptarse, sí, y casi todos lo han hecho. A los mayores no les gusta llevarse medicinas ‘de más’ a sus casas. Los médicos les indican siempre que se lleven de sus tratamientos solo aquello que necesiten, y lo cumplen a rajatabla. “Pero ahora estamos en una situación de crisis, y lo más importante es evitar por todos los medios tener ‘papeletas’ para contagiarse y contagiar”, advierte María José. “Así que esa es una de las principales batallas estos días. “Yo no puedo obligar a nadie a que se lleve todo lo que tiene prescrito, pero sí paso mucho tiempo explicando lo mismo”. Casi todos le hacen caso, aunque siempre hay rebeldes.

Incesante trasiego en el estanco de Ana y Otilia

Ana y Otilia, las estanqueras del pueblo, también viven su jornada laboral a diario tras la mampara. Si la vecina farmacia, de la que apenas le separan unas decenas de metros, es habitualmente un lugar de paso incesante, no lo es menos el estanco. Y más en estos días. “Me cuesta trabajo imaginar que a los fumadores les quiten el tabaco en estos momentos tan delicados”, advierte Ana, que se turna a diario con su hermana para que solo haya una en el establecimiento en cada momento. Hay que minimizar riesgos.

Ana (derecha) y Otilia, en el estanco de Balerma. Ana (derecha) y Otilia, en el estanco de Balerma.

Ana (derecha) y Otilia, en el estanco de Balerma. / Anyo

La conversación se produce pocas horas antes de que el presidente del Gobierno anuncie el endurecimiento del confinamiento, pero Ana ya vaticina que a los estancos no los tocarán. “Como mucho podrían hacer como en algunas comunidades, que les permiten abrir un día sí y otro no, o limitarlo de alguna otra forma, abrir solo por las mañanas, o por las tardes, pero los estancos seguirán abiertos”, defiende. Poco después, el Gobierno incluye a los estancos en la lista de establecimientos que pueden funcionar con ‘normalidad’ estos días. “Si la gente se pone muy nerviosa simplemente de pensar que se tiene que quitar de fumar, imagínate cómo se pondría si se tiene que quitar obligatoriamente”, recalca Ana.

"Me cuesta trabajo imaginar que a los fumadores les quiten el tabaco en estos momentos tan delicados"

Hay que ponerle comillas a ‘normalidad’, claro, porque nada es puramente normal en este kit-kat que estamos haciendo a nuestro ‘yo social’ durante la incierta crisis. “Yo voy directamente al baño cada día cuando llego del estanco, me lavo y cambio completamente de ropa, pasa mucha gente al cabo del día por el estanco y el riesgo es muy alto”, explica Ana, quien, como su hermana, se siente “mucho más tranquila desde que pusimos la mampara”.

Cambian las ‘normas’ en el acto de comprar y cambian los hábitos de los compradores. “Ahora la gente está pagando mucho más con tarjeta, algo de agradecer, aunque también muchos clientes nos pagan con dinero, y cada vez que tocamos dinero nos lavamos y desinfectamos las manos, aunque vayamos con guantes”, cuenta. Y eso son muchas veces al cabo del día. Lógicamente, durante todos estos días “se están vendiendo muchos más cartones de tabaco que antes”, subrayan las hermanas. Son muchos los que están acostumbrados a comprar su cajetilla suelta, pero que ahora se las llevan de diez en diez. De esa manera evitan nueve visitas al estanco. Y todo suma por el bien común.

Pese a esto, sin tabaco en los bares, cerrados, y en muchas gasolineras que solo sirven en autoservicio, los estancos siguen siendo lugares muy concurridos, aunque ahora sea entrando de uno en uno. Y como pasa en la farmacia, o en la panadería, o en la tienda de alimentación de al lado, a veces el estrés de estar abiertos y trabajando en estas circunstancias hace que “tengamos que levantar la voz para evitar que algún despistado entre cuando todavía no puede”, reconoce Ana. Pero no es ella la que levanta la voz. Es el miedo.

“El miedo está haciendo su trabajo”

“Cada día lo primero que hago al entrar a mi casa es meterme directamente en la ducha y echar toda la ropa a la lavadora”. Las lavadoras están haciendo horas extras estos días en las casas de aquellos que trabajan de cara al público, desde luego. Quien lo cuenta es Santiago, el dueño de la carnicería mas veterana de Balerma y vecino de negocio de todos los protagonistas de esta página. A partir de esta semana pasará más tiempo en su casa, de donde su mujer, María Luisa, y su hijo Santiago ‘Jr’ llevan días sin salir. Reducción de horario porque la clientela ha bajado. Menos exposición a un posible contagio, también.

Santiago, en su carnicería de Balerma. Santiago, en su carnicería de Balerma.

Santiago, en su carnicería de Balerma. / D. A.

“Se nota y mucho la situación que estamos viviendo, la gente se está llevando menos carne y viniendo mucho menos a la tienda”, explica Santiago, quien se quedó “alucinado” al principio de cómo los clientes hacían acopio de productos cárnicos. “Todo aquel que tiene buen congelador tiene reservas, porque los primeros días se llevaban mucho, a las 12 de la mañana ya no había nada, pero la situación ha cambiado y hasta que no pase esta etapa en la que estamos ahora mismo, de mucha psicosis, van a seguir viniendo poco”, cree. Y mejor así, claro. Santiago, además, apunta otro factor a tener en cuenta: “yo ahora no puedo pedir a mis proveedores todo lo que quiero, porque está todo más limitado, los mataderos trabajan menos y tiene que haber para todos. Yo ahora pido cinco cajas de pollos para mañana y a lo mejor me llegan solo dos”.

"Todo aquel que tiene buen congelador tiene reservas, porque los primeros días se llevaban mucho, a las 12 de la mañana ya no había nada, pero la situación ha cambiado"

La carnicería de Santiago estaba muy animada antes, cuando María Luisa le acompañaba tras el mostrador, y muchos días también su hermano Juan, preparando en la trastienda hamburguesas, picando carne o deshuesando muslos. La música de Canal Fiesta y las chanzas con la clientela han dejado paso ahora a otra cosa, mucho más triste y menos natural. “El miedo está muy presente, lo tengo yo y lo tenemos todos, y eso se nota mucho en la gente, en su forma de comportarse cuando le toca entrar a la tienda o cuando esperan en la puerta, nadie se toca ni se acerca y ya nadie entra cuando no puede entrar, el miedo está haciendo su trabajo”, explica el carnicero, quien dice estar echando “mucho de menos a mi gente trabajando aquí conmigo, pero a corto plazo no podrá ser”. Y es que, cree, “hasta dentro de 2 o 3 meses no empezaremos a recobrar algo la normalidad”.

“Estoy vendiendo menos de la mitad que habitualmente”

Seguimos comiendo pan durante el confinamiento, claro. Comprando menos veces, pero más cantidad y casi todos, congelando. Lo que no estamos haciendo ya, porque no se puede, es desayunar a diario en nuestra cafetería favorita, o en aquella que pilla justo al lado del trabajo. Los que habitualmente así lo hacían en la ‘vida de antes’, ahora toman el cafe, o el colacao, en sus casas. Así que Ani sigue vendiendo pan en su pequeño local, pero solo eso, porque ya nadie espera su tostada sentado en alguna de sus pocas mesas, o en su trozo de barra, y eso significa que su negocio va al ‘ralentí’.

Ani regenta una panadería/cafetería en Balerma. Ani regenta una panadería/cafetería en Balerma.

Ani regenta una panadería/cafetería en Balerma. / Anyo

“La mitad o menos de lo que se hace habitualmente en el negocio es lo que estamos haciendo, más o menos, en estos días”, explica. La cafetera, que habitualmente echa ‘humo’, apenas sirve ya para algún café ‘furtivo’ que toma la propia Ani, quien apostó por este negocio hace apenas unos meses, cuando aprovechó el traspaso que ofrecían sus anteriores dueños. “Este es un trabajo muy sacrificado, que exige muchas horas y no cerrar ni un día, y la verdad es que desde el punto de vista económico está crisis está siendo y va a ser un desastre”, reconoce con cierta amargura, aunque, como a casi todos, lo que más le preocupe ahora no sea eso, sino no contagiarse.

"Desde el punto de vista económico está crisis está siendo y va a ser un desastre"

Eso sí, Ani dice no tener miedo. Como el resto de profesionales que a diario han de tener decenas de contactos con clientes, la responsable de este pequeño negocio recalca que “hemos aprendido a comportarnos dentro de lo que cabe, aunque a veces hay personas que te ponen en un compromiso”. Cuenta la dueña de la panadería-cafetería que hace unos días entró una señora mayor, con la intención de desayunar sentada en su pequeño local. “La mujer quería sentarse, y estaba ya quitando la cinta (ha delimitado el local con una cinta continua para que no se acceda a la parte donde están las sillas y las mesas) y yo le dije que no se podía, que estaba prohibido; ella me intentó convencer diciendo que si venía la Guardia Civil les diría que era sorda y muda”.

Mientras pasa el chaparrón, a Ani no le queda más remedio que esperar y seguir sacando brillo a la tostadora. “Por lo menos un mes y medio o dos meses pasarán, creo yo, y cuando la gente pueda volver a salir, a ver cómo se les ha quedado el bolsillo, porque esto nos va a tocar a todos”, apostilla.

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