La tragedia económica que salvó a Almería del desastre del cemento

La provincia suma cerca de 300.000 hectáreas protegidas, alrededor del 34% del territorio, gracias a parques naturales, parajes y zonas de la Red Natura 2000 que han limitado la urbanización del litoral

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Vista del litoral almeriense con la localización de algunos de los principales espacios naturales protegidos de la provincia. / DDA

Durante décadas, Almería figuró entre las provincias con menor renta de España. A mediados del siglo XX su renta per cápita se situaba hasta un 40% por debajo de la media nacional, y entre 1950 y 1975 más de 200.000 almerienses emigraron hacia Cataluña, el País Vasco o varios países europeos en busca de trabajo. La economía provincial seguía dependiendo de una agricultura de subsistencia y de una minería que ya entraba en declive, mientras la escasez de infraestructuras mantenía a la provincia relativamente aislada del resto del país.

Ese contexto económico dejó a Almería al margen del gran desarrollo turístico que transformó el Mediterráneo durante los años sesenta y setenta. Mientras ciudades como Málaga, Benidorm o Torremolinos crecían al ritmo del turismo internacional y el boom del ladrillo, amplios tramos de la costa almeriense permanecían prácticamente intactos. Lo que entonces muchos consideraban atraso acabaría teniendo una consecuencia inesperada: la conservación de uno de los litorales menos urbanizados de España.

Ese retraso económico terminó convirtiéndose en una ventaja territorial. Cuando el desarrollo urbanístico se aceleraba en el Mediterráneo, gran parte del territorio almeriense seguía sin urbanizar. Décadas después, esa falta de presión inmobiliaria acabaría facilitando la creación de una extensa red de espacios naturales protegidos.

Hoy esa realidad se refleja con claridad en los datos. La provincia de Almería cuenta con alrededor de 300.000 hectáreas protegidas, lo que equivale aproximadamente al 34% de su superficie total. Gran parte de este territorio se integra en la Red de Espacios Naturales Protegidos de Andalucía, a la que se suman amplias áreas incluidas en la Red Natura 2000 europea.

La protección se reparte entre ecosistemas muy distintos entre sí. El parque natural de Cabo de Gata-Níjar, con más de 37.000 hectáreas terrestres y unas 12.000 marinas, conserva uno de los paisajes volcánicos mejor preservados del Mediterráneo. Más al norte, el parque natural de Sierra María-Los Vélez protege extensas masas forestales, mientras que la vertiente almeriense de Sierra Nevada alberga ecosistemas de alta montaña únicos en el sur de Europa.

Junto a estos grandes parques aparecen espacios más pequeños pero igualmente singulares. El desierto de Tabernas, con más de 11.600 hectáreas protegidas, constituye el único desierto propiamente dicho del continente europeo. En Sorbas, el karst en yesos protege uno de los sistemas de cavidades subterráneas más importantes del mundo en este tipo de roca.

Un litoral menos urbanizado

El resultado de esta red de protección es especialmente visible en la costa. En la franja de diez kilómetros desde el litoral hacia el interior, la superficie urbanizada apenas alcanza alrededor del 4%, una cifra muy inferior a la de otras provincias mediterráneas donde el desarrollo urbano supera ampliamente el 20%.

En la primera línea de playa, Almería también se mantiene entre las provincias menos transformadas del litoral español. Mientras territorios como Málaga, Alicante o Barcelona concentran grandes extensiones artificializadas junto al mar, la costa almeriense aparece en posiciones mucho más bajas en los rankings de urbanización del Mediterráneo español.

Este contraste se explica en gran medida por la presencia de grandes espacios protegidos en el litoral. El parque natural de Cabo de Gata-Níjar ha frenado durante décadas la expansión urbanística en una parte significativa de la costa, mientras enclaves como Punta Entinas-Sabinar o la Albufera de Adra conservan humedales y sistemas dunares de gran valor ecológico.

Entre la protección y la presión urbanística

Aun así, la presión urbanística no ha desaparecido completamente. Desde finales de los años ochenta la urbanización del litoral almeriense ha crecido, aunque a un ritmo menor que en otras provincias mediterráneas. En el Levante se observa un desarrollo lineal junto a la costa en municipios como Garrucha o Carboneras.

En el Poniente, el crecimiento urbano se ha extendido desde núcleos consolidados como Aguadulce, Roquetas de Mar o Almerimar. Sin embargo, amplios tramos de litoral continúan sin urbanizar gracias a las limitaciones ambientales y a las figuras de protección existentes.

Casos como el hotel del Algarrobico, en Carboneras, se han convertido en símbolo de los conflictos surgidos en torno al desarrollo urbanístico en zonas cercanas a espacios protegidos. El debate sobre el modelo de crecimiento del litoral almeriense continúa abierto entre quienes defienden un mayor desarrollo turístico y quienes consideran que el paisaje es el principal valor de la provincia.

A pesar de esas tensiones, el balance general deja una paradoja evidente. La provincia que durante buena parte del siglo XX fue considerada una de las más pobres del país ha terminado convirtiendo ese pasado en uno de sus mayores activos. Lo que durante décadas fue visto como atraso o aislamiento ha acabado preservando uno de los paisajes mejor conservados del Mediterráneo español.

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