El parqué
Rebote generalizado
La hermandad trágica entre Almería y Groenlandia nació de la estrategia de vigilancia ininterrumpida que la Fuerza Aérea Norteamericana mantenía sobre el bloque soviético.
El incendio en la cabina del avión ártico provocó un impacto seco contra la superficie helada que evitó una detonación nuclear masiva, repitiendo el milagro físico de Palomares.
Un tripulante perdió la vida en el siniestro de Thule al no disponer de asiento eyectable, marcando una diferencia humana con los supervivientes del choque en suelo español.
Los restos del B-52 esparcieron una nube invisible de partículas radioactivas en un radio de 30 kilómetros, obligando a un despliegue de limpieza sin precedentes en el Polo Norte.
De los seis kilos de metal radioactivo presentes en los proyectiles, los informes técnicos estadounidenses admiten que solo lograron recuperar tres cuartas partes del total.
Esta cifra confirma que una de las cuatro bombas atómicas sigue en paradero desconocido, un secreto que el gobierno danés mantuvo bajo llave hasta el año 2000.
Los liquidadores norteamericanos e inuits trabajaron codo con codo para succionar el hielo contaminado, emulando las tareas de descontaminación de las tierras de cultivo almerienses.
Las investigaciones posteriores en la base de Thule revelaron estadísticas alarmantes sobre la salud de quienes manipularon los restos del bombardero aquel invierno.
La fauna local sufrió mutaciones visibles, con nacimientos de bueyes almizcleros con pezuñas deformes y poblaciones de focas que perdieron su pelaje protector por la radiación.
Almería y Thule permanecen hoy como los dos grandes monumentos al riesgo atómico, unidas por el mismo modelo de avión y la misma ceniza de plutonio sobre sus paisajes.
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