Dormir bajo el Cable Inglés, turismo arriba y pobreza extrema debajo: justo en el centro de Almería
Cuatro colchones sobre un muro estrecho como único refugio en una de las zonas más transitadas de la ciudad
La pobreza se reparte por barrios en Almería: 130 personas duermen al raso cada noche
Eran las nueve de la mañana. Frío, humedad y una escena detenida en el tiempo. Bajo el puente de la desembocadura de la Rambla de Almería, una pareja ocupaba dos de los cuatro colchones alineados sobre un muro de apenas metro y medio de ancho. Él estaba despierto. Ella dormía. Alrededor, silencio, agua estancada y basura.
No era una escena excepcional. Era una escena estable.
A escasos metros del Cable Inglés, uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad, la modernización urbana convive sin disimulo con el último escalón de la exclusión social. La ciudad avanza por arriba. Bajo el puente, la noche se queda.
Cuatro colchones, un muro y ninguna protección
El refugio improvisado está encajonado entre el canal de la Rambla, la estructura del puente y la humedad permanente. No hay protección lateral. El agua queda a centímetros. Los colchones, visiblemente deteriorados, son la única barrera entre los cuerpos y el hormigón frío.
Los objetos personales —ropa doblada, bolsas, mochilas— se disponen con un orden precario, casi ritual. Todo está pensado para poder moverse rápido. Durante el día, las personas entran y salen, recolocan sus pertenencias, ajustan el espacio. Por la noche, el refugio vuelve a tomar forma.
Basura, latas y olor persistente
Alrededor de los colchones se acumulan latas de cerveza, botellas vacías, restos de comida y bolsas rotas. La suciedad no es puntual. Es estructural. No hay papeleras cercanas ni servicios básicos. El espacio no está diseñado para ser habitado, pero lo es cada noche.
La presencia de alcohol es evidente y constante. No explica la situación, pero la acompaña. En la calle, el consumo actúa a menudo como anestesia frente al frío, la ansiedad y la intemperie. La basura genera olores, atrae plagas y refuerza el aislamiento social de quienes duermen allí.
Cuanto más degradado está el entorno, más fácil resulta normalizarlo.
Dormir junto al agua como rutina
La proximidad directa al canal convierte cada noche en una prueba física. La humedad cala. El frío se mantiene. No hay aislamiento térmico ni intimidad. Los colchones, vencidos por el clima, marcan el límite mínimo de dignidad posible.
Todo esto ocurre a la vista de miles de personas que transitan cada día por la parte alta de la Rambla, incluidos turistas. El contraste es absoluto: patrimonio, obras de integración puerto-ciudad y, debajo, cuerpos que resisten.
No es un caso aislado
Lo que sucede bajo el puente no es anecdótico. En la capital, más de 130 personas duermen cada noche en la calle, en bancos, portales, aparcamientos o espacios cubiertos. En total, 339 personas se encuentran en riesgo de exclusión residencial en la ciudad.
Vivir bajo el puente es el último escalón de una cadena de pérdidas: empleo, ingresos, vivienda, red social. Cuando todo falla, queda el muro.
Barrios donde la exclusión se concentra
La precariedad habitacional tiene focos claros en La Chanca-Pescadería, Nueva Andalucía y el Barrio Alto. Allí confluyen alquileres inasumibles, trabajos precarios y una oferta insuficiente de vivienda social.
Cada año, los Servicios Sociales municipales gestionan alrededor de 110 procesos de lanzamiento. El desahucio sigue siendo la principal puerta de entrada al sinhogarismo. La caída es rápida y difícil de revertir.
Red asistencial al límite
La respuesta se sostiene sobre entidades como Cáritas, Cruz Roja y el Centro Municipal de Acogida, con 87 plazas. En periodos de frío extremo se activan dispositivos de emergencia.
La demanda, sin embargo, supera siempre a la oferta. Hay personas que quedan fuera por falta de plazas, horarios, normas o situaciones personales complejas. El sistema contiene, pero no soluciona.
El alquiler como barrera estructural
Las soluciones de fondo chocan con un problema central: el precio del alquiler en Almería. Sin vivienda accesible, los bancos de viviendas o los recursos temporales no logran cerrar el círculo.
Los profesionales coinciden: sin vivienda estable, el puente seguirá siendo un refugio necesario.
Normalizar lo inaceptable
Los colchones, la basura y las latas ya forman parte del paisaje. Los transeúntes habituales apenas miran. Esa normalización es una señal de alarma. Cuando la exclusión se integra en la escena cotidiana, deja de incomodar.
Bajo el puente de la Rambla, a las nueve de la mañana, la ciudad muestra su contradicción más clara: arriba, progreso; abajo, supervivencia.
Más allá de la limpieza y la estética
El sinhogarismo no se resuelve con baldeos ni con obras públicas. Requiere políticas integrales y vivienda real. Garantizar un techo digno no es un gesto simbólico: es la única forma de evitar que, cada mañana, alguien siga despertando sobre un muro húmedo, rodeado de basura, mientras la ciudad continúa su rutina.
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