Manos Unidas Almería contra el hambre: un pozo, una escuela y miles de vidas
Solidaridad
Dos misioneras de San Juan Bautista visitan Almería para agradecer el apoyo de la ONG y dar fe de que el dinero llega
El concierto benéfico de Manos Unidas llena el Auditorio de solidaridad y música
El hambre no siempre hace ruido. A veces avanza en silencio, debilitando cuerpos, truncando infancias y alimentando la violencia. Así lo viven cada día las misioneras de San Juan Bautista en Angola, donde desarrollan desde hace años una labor humanitaria centrada en la educación, la alimentación y la dignidad humana. Dos de ellas han visitado Almería esta semana para agradecer el apoyo de Manos Unidas y dar a conocer la realidad de los barrios más olvidados del país africano, además de para dar fe de que los donativos de los almerienses, de los españoles llegan a los más necesitados y se convierten en proyectos para la vida y el desarrollo.
Su visita coincide con la campaña de Manos Unidas 2026, “Declara la guerra al hambre”, que alerta sobre el uso del hambre como un arma silenciosa en contextos de pobreza, violencia y conflicto armado, y defiende el desarrollo integral como único camino hacia una paz duradera. Precisamente una labor en la que ellas están inmersas.
La misión comenzó entre las ruinas de la guerra
Una de las misioneras llegó a Angola en el año 2001, cuando el país se encontraba en plena guerra civil, finalizada oficialmente en 2002 con la firma del Tratado de Paz. Sin embargo, como ella misma explica, las consecuencias de la guerra fueron incluso más duras que el propio conflicto. Durante los años posteriores, la ayuda internacional fue desapareciendo y la población quedó abandonada. En ese contexto, las misioneras comenzaron su labor apoyando cocinas comunitarias para atender a niños, jóvenes y adultos que no tenían qué comer. Pero pronto entendieron que alimentar no era suficiente.
“No se puede dar de comer y mandar a la gente a su casa”, relatan. Por eso, junto a otras congregaciones de la diócesis, decidieron unificar esfuerzos e incorporar formación básica y alfabetización a su labor diaria. Las primeras clases se impartían sin aulas, sentados sobre piedras o troncos, bajo árboles o techos improvisados.
Con el tiempo, aquellas clases informales se transformaron en escuelas improvisadas de adobe, construidas con barro, pasto y el esfuerzo de las propias comunidades. Sin embargo, las condiciones eran extremas: techos que no resistían la lluvia, paredes agrietadas y espacios inseguros para los niños.
La situación llevó a las misioneras a buscar ayuda externa. Fue entonces cuando conocieron a Manos Unidas, que ya colaboraba con otras congregaciones en la provincia de Malanje, una de las zonas más empobrecidas del país. Desde 2016, Manos Unidas comenzó a apoyar distintos proyectos en el barrio Carrera de Tiro, uno de los más olvidados y conflictivos de la ciudad de Malanje. Un barrio marcado por la violencia, la falta de empleo y la desestructuración familiar, donde a partir de las siete de la tarde nadie puede salir a la calle por miedo a las bandas delictivas.
Gracias al apoyo progresivo de Manos Unidas, hoy existe en Carrera de Tiro una escuela sólida y segura, que atiende a 1.500 alumnos de entre 5 y 16 años. De ellos, unos 500 reciben educación gratuita debido a la extrema pobreza de sus familias.
Para muchos niños, la escuela es el único espacio de protección. Llegan con hambre, con cansancio, a veces sin haber comido en todo el día. En sus casas, muchas madres (abandonadas, con cinco o seis hijos a su cargo) recorren kilómetros cada día para trabajar en el campo o vender productos en los mercados con el objetivo de tener algo que dar de comer ese día a sus hijos. Los niños se quedan solos, al cuidado de hermanos mayores, en viviendas sin electricidad, iluminadas con velas que a menudo provocan incendios mortales. “Hemos visto casas quemarse con los niños dentro”, relatan con dolor las misioneras.
Además de la educación, Manos Unidas también ha apoyado proyectos básicos para la supervivencia, como la construcción de pozos de agua, evitando que comunidades enteras tengan que caminar durante horas para recoger agua turbia de ríos. En otra comunidad de Malanje, Cangandala, la ONG ha financiado también un comedor escolar que hoy alimenta a 1.300 niños, garantizándoles al menos una comida diaria.
Educar para la paz
Como han relatado a Diario de Almería, la escuela no solo enseña a leer y a escribir. Es también un espacio donde se transmiten valores de convivencia, perdón y reconciliación, fundamentales en un país aún marcado por el rencor de la guerra.
Cada mañana, alumnos y docentes se reúnen en asamblea para orar por la paz, por sus familias y por los benefactores que hacen posible su educación. “Les enseñamos a pedir perdón, a reconciliarse, a no responder con violencia”, explican las hermanas. Los frutos comienzan a verse, afirman e incluso cuentan orgullosas que algunos antiguos alumnos han logrado continuar sus estudios y hoy trabajan como profesionales, bancarios e incluso miembros del Congreso, tras años de esfuerzo y sacrificio.
Durante su estancia en Almería, las misioneras han visitado parroquias, centros educativos, catequesis, colectivos juveniles y han participado en encuentros con medios de comunicación, entre ellos Diario de Almería, para sensibilizar sobre la realidad de Angola y la importancia de la solidaridad. “Venimos a dar las gracias. Gracias a Manos Unidas y a todas las personas que, con un euro o con lo que pueden, se desprenden de algo para ayudar a otros más necesitados”, señalan.
Antes de regresar a Angola (hoy domingo), el mensaje que llevarán a sus alumnos es claro: no están solos. “Les diremos que recen por la gente de Almería, una gente generosa que camina con nosotros en esta lucha contra el hambre”. Porque, como recuerdan, “solo uniendo las manos se puede vencer al hambre”.
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