El oftalmólogo almeriense que ha devuelto la visión a cientos de personas en El Salvador
Salud
Juan Antonio Jiménez, de Torrecárdenas, ha estado dos semanas interviniendo a personas sin recursos para pagarse la cirugía de cataratas
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“Ha sido verdaderamente emocionante ser testigo y haber sido el artífice de que personas que ni siquiera percibían la luz, tras la intervención salieran del quirófano viendo el rostro de su hijo. Es la primera vez que he experimentado una sensación de este calibre”. Es el testimonio de Juan Antonio Jiménez Velázquez, el oftalmólogo del Hospital Universitario Torrecárdenas de Almería que se embarcó en una expedición sanitaria y humanitaria que ha durado dos semanas y en la que ha estado operando cataratas durante casi 20 días a personas sin recursos para intervenirse en la sanidad privada del país o que llevaban años en lista de espera en la pública.
El relato de este especialista recién llegado de El Salvador eriza la piel y es una buena muestra de que hay momentos en los que la medicina deja de ser técnica para convertirse en algo profundamente humano. Momentos en los que el orgullo profesional se disuelve y solo queda la emoción. Eso es precisamente lo que ha vivido Juan Antonio Jiménez el tiempo que ha pasado atendiendo en El Salvador “en circunstancias adversas y con pacientes que padecían patologías realmente complejas”, como la relatado a Diario de Almería.
La expedición sanitaria y humanitaria, organizada junto a la ONG Vision For All, tenía un objetivo claro: intervenir cataratas a personas sin recursos en un país donde la sanidad especializada es prácticamente inaccesible para buena parte de la población. Allí, en un territorio más pequeño que Andalucía y con apenas ocho oftalmólogos en la red pública sanitaria, la ceguera evitable es todavía una condena silenciosa.
Durante casi 20 días de trabajo ininterrumpido (jornadas que comenzaban a las cinco y media de la mañana hasta las cuatro de la tarde) el equipo atendió a alrededor de 500 personas y realizó en torno a 250 cirugías de cataratas, además de otras tantas intervenciones de estrabismo infantil. Muchas de esas cataratas eran “negras”, es decir en estados tan avanzados que los pacientes no percibían ni la luz. No veían.
La expedición de 26 profesionales a un país en desarrollo
El oftalmólogo del Hospital Universitario Torrecárdenas puso rumbo a El Salvador para participar en una expedición sanitaria solidaria (campaña Oftalmo-quirúrgica El Salvador) en la que ha participado la ONG Vision For All, cooperantes independientes de Suecia y España, el gobierno de El Salvador, la embajada de El Salvador en Suecia, el consulado de El Salvador LinKöping, Suecia, el Club Rotario San Salvador Cuscatlán y la ONG Vision El Salvador. Ha viajado junto a un equipo de 26 profesionales (enfermeros, administrativos, intérpretes, anestesistas...), organizados por un oftalmólogo de un hospital de Suecia de origen salvadoreño, Frank Rico.
La primera paciente atendida por el equipo de Juan Antonio fue una mujer de 68 años, ciega de ambos ojos. Le operaron uno. Como explica el doctor, “por las condiciones del hospital, lo habitual hubiera sido cubrir el ojo recién intervenido pero decidí dejarlo destapado al salir del quirófano. Cuando la mujer vio por primera vez el rostro de su hijo, rompió a llorar. Lloró el hijo. Y lloramos los sanitarios”. “Al principio fue casi por orgullo profesional, por ver qué sentía esa paciente. Pero la emoción lo arrasó todo. Ya no era orgullo, era humanidad”, cuenta el médico del hospital Torrecárdenas que asegura que ha sido su primera misión y augura que no será la última.
Escenas así se repitieron durante los primeros días. Después dejaron de destapar el ojo en quirófano porque el impacto emocional era difícil de gestionar para el equipo sanitario. Pero el efecto seguía ahí: personas que entraban sin ver absolutamente nada y salían distinguiendo siluetas, luces, caras. “Recuperando, sobre todo, independencia y dignidad”, como relata el especialista en Oftalmología.
Recuperar independencia y dignidad
En El Salvador, muchos de esos pacientes a los que han atendido no eran ancianos centenarios resignados al paso del tiempo como se podría pensar. Todo lo contrario. Eran hombres y mujeres de entre 60 y 70 años, con una esperanza de vida aún amplia, pero condenados a depender por completo. Personas que asumían la ceguera como destino inevitable por pura falta de acceso a la información y a la atención médica.
Recepción de la Ministra de Sanidad de El Salvador
La misión no fue solo quirófano. Hubo respaldo institucional, recepción oficial y proyectos de futuro. La embajadora de España en el país, Sonia Álvarez Cibanal, mostró su apoyo, al igual que representantes diplomáticos suecos y autoridades salvadoreñas, entre ellas la viceministra Patricia Godínez, una de las principales impulsoras de la cooperación. Incluso la Fundación Iberia facilitó desplazamientos para el equipo español. De aquellos encuentros han surgido ya propuestas de continuidad, entre otras de telemedicina, que podrían consolidar el proyecto en los próximos años.
Juan Antonio señala que “desde el punto de vista profesional, el reto fue mayúsculo”. Cataratas extremadamente avanzadas, medios limitados, logística ajustada, material que se agotó (lentes). Y, sin embargo, el balance fue extraordinario: más de dos centenares de intervenciones realizadas por Jiménez Velázquez y el resto del equipo con apenas una complicación significativa. “Estoy muy orgulloso de haber contribuido y de haber dejado las cosas bien hechas”, reconoce.
Juan Antonio Jiménez, oftalmólogo: “Somos unos privilegiados. Aunque reivindiquemos mejoras, y con razón, en España tenemos una red sanitaria y educativa que damos por hecha. Cuando ves países donde la posibilidad de operarse es mínima, tomas verdadera conciencia”
Pero más allá de cifras, lo que el oftalmólogo almeriense (granaíno de nacimiento) se trajo de vuelta fue perspectiva: “Somos unos privilegiados. Aunque reivindiquemos mejoras, y con razón, en España tenemos una red sanitaria y educativa que damos por hecha. Cuando ves países donde la posibilidad de operarse es mínima, tomas verdadera conciencia”. También regresó con otra lección: la del ritmo. Frente a la aceleración, descubrió un modo de trabajar más pausado, más presente. “A veces vamos demasiado deprisa”, reflexiona.
La experiencia, reconoce, le ha cambiado. “Salir de la burbuja, enfrentarse a condiciones adversas y comprobar el impacto directo de tu trabajo transforma la forma de ejercer la medicina. Porque cuando alguien que no veía nada sale del quirófano y distingue el rostro de su hijo, el acto quirúrgico deja de ser solo técnica”.
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