Cuando Regoyos pintó en Almería

Cuenta y Razón

El pintor Darío de Regoyos a su paso por la provincia de Almería

El músico Montero: pianista y pianero

Retrato de Regoyos con la guitarra por Théo Van Rysselberghe / D.A.
José Luis Ruz Márquez
- Catedrático licenciado en Bellas Artes. Edición: David Cuesta

25 de enero 2026 - 07:01

Darío de Regoyos (1857-1913) fue un artista importante en la modernidad españoIa. Impresionista y Simbólico, Puntillista y un algo Naif, aportador de una visión nueva y crítica a los paisajes… Pero no pretendo descubrir a estas alturas su conocida obra. Sí acaso, un poquito de su existencia y en concreto de cuando decide desde muy joven vivirla en Bélgica, no se sabe si por influencia de don Carlos de Haes, director de la Escuela de Bellas Artes de Madrid, o por la atracción que en él ejerce un país puntero en el mundo del arte. O por ambas cosas. El caso es que, simpático en extremo, cantante y tocador, con facilidad se mete a sus colegas en el bolsillo y así organiza un viaje que llega a Madrid en diciembre de 1882 con varios artistas, entre ellos Théo Van Rysselberghe, pintor del retrato de Darío con la guitarra, ilustrador de este texto. 

Capitán araña, deja que sus embarcados se dirijan hacia Andalucía mientras él toma el camino de Alicante, y por Murcia y quién sabe si por Cartagena en vapor a finales de 1882, llega a una Almería gozosa de su modorra insular, en la que el burgués, la paloma, el higo chumbo, y el otro, la uva y la flor… son los modelos de sus artistas que bien anclados a la tradición ni siquiera han llegado a la pintura de historia, que en este año, con “La entrega de Granada”, de Pradilla, ha entonado el hermoso canto de cisne de su agonía. Un concepto del arte que nada tiene que ver con el de un Regoyos, que desde La Almadrabilla plasma en el lienzo el mar de Almería. En azul y a gran formato. Un paisaje que bien pudo estar acompañado de otras obrasde remás“almerienses”... Si no óleos, dibujos tomados en nuestra tierra, ciertos y muchos, como bien contó en 1933 el político y embajador de la República en Chile, Rodrigo Soriano, su amigo, siempre defensor de verdades al duro coste de duelos y otras valentías que en absoluto casan con contar mentiras.

"La playa de Almería de noche", de Darío de Regoyos / D.A.

Por él sabemos que Regoyos, en un aduar de gitanos cercano a la ciudad de Almería, estuvo pintando a hijos de aquella raza. Las gitanas jóvenes, de chispeantes ojos, graves y pizpiretas, morenas de cobre con su falda colorada y el pañolón celeste ceñido al pecho. Y en contraste “lasviejas, con ojazos de besugo, acaballados labios, maraña gris que se arrebuja en sus sienes, sucia y enredada como la crin de sus borricos”. Y en contraste del contraste, los juncales gitanicos. Un belén en el más heterodoxo de sus significados, de barro cocido y sin embargo vivo, siempre en un alboroto que solo cesa cuando se impone la voz fuerte del patriarca:

-¡Pepindorio: tráeme el pajadi pa qu7e cante el señorico una gachapla!

Y allá que aparece un Antonio con la guitarra en la mano para que el pintor se eche una copla. Y vaya si se la echa, y la toca, provocando con ella el entusiasmo de la gente y, de paso, la imprudencia del artista al que no se le ocurre otra que decir en broma lo que piensa en serio: que está cansado de pintar gitanos bonitos y los quiere feos.

-¿Feos ha dicho osté?

Y volaron los ofrecimientos para el día siguiente... Desesperado de tanta gitanería, por fin llega a un acuerdo con el joven «Gitanillo» al que dió con las buenas noches un revólver por si les moscas. Y antes de que la luz despertara el campamento, salen para la sierra, jinetes en dos mulas, si no las más buenas sí las mejor atalajadas. Anda que te anda hasta que en una revuelta del camino, aparece un hombre con tijeras y pinta de esquilador gitano.

-Señoríto: usté lo tiene too y yo naa... A lo que Regoyos responde con una sonrisa, creyendo frase lastimera lo que era una amenaza que acaba por redondear:

-Pues usté verá, que allá luego le espera la cuadrilla.

Cuando captó el peligro, el artista miró a «Gitanillo», como preguntándole que para cuándo iba a dejar el revólver que le dio y obtuvo, con una sonrisa socarrona, la más cínica respuesta:

-Es un amigo mío, señorito...

Y entonces le quedó claro al pintor que los dos se habían puesto de acuerdo para robarle.

-Bien está. Seamos los tres amigos...

Y suelta hasta el último duro y echa a andar. No habría dado veinte pasos la caballería, cuando el tijereta lo llama a voces: 

Señorito!que yo no soy ladrón... Es que me muero de jambre... Déjeme unos cuantos y tome sus duros

Un conmovido Regoyos invita al bandido a que le acompañe a Granada. Y para allá que van, tres en dos mulas, para entrar los cinco en la posada de Los Ángeles. Corre enero de 1883 y un frío helador que no impide al artista pintar la “Torre de las Damas”, “El Darro” con su carrera y “El Darro” a solas…

Con unas “Seguidillas Gitanas” al óleo se despide Regoyos de Sevilla y con sus colegas corre a poner una pica en Flandes. En su equipaje su cuadro almeriense que si no es el mejor de sus paisajes, sí es el más singular: la única marina que pintó en su vida y además de noche y azul con tan solo algunos toques de blanco luna, amarillo faro y negro vapor allá por la punta de San Telmo que el artista ha visto isla vaya usted a saber por qué. De haber venido veinte años después, ahora veríamos por los museos otro buen cuadro almeriense de Regoyos: un tren embarcando mineral en el Cable Inglés y al que el artista habría dibujado por encima del horizonte para ensalzarlo con fe ferroviaria. Al contrario de lo que suele hacer con los paisajes comunes a los que, sin fe ninguna, pone por debajo para, desde arriba, reinar sobre ellos con su nombre de rey antiguo. 

Lo reciente de la aparición de la obra, nos habla de un posibe regalo para amigo que ha vivido una existencia discreta hasta que con los años ha acabado en la colección Gerstenmaier. A ella le debemos, a partir de 2016, su exposición pública y la ilusión de dar con nuevos óleos y dibujos con los que formar el “Álbum Almeriense de Regoyos”. Y en esas estamos. Soñando. Entretanto, no nos queda otra que alegrarnos de que un artista como él, allá por la Navidad de 1882, le hiciera a Almería y a su Playa el mago regalo de buscarles sitio en la gran vitrina del Arte Moderno.

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