¿Por qué el cuerpo no se ataca a sí mismo?

La consulta del especialista

Nuestro sistema inmunológico tiene que aprender a reconocer millones de moléculas diferentes y decidir cuáles son una amenaza real y cuáles forman parte de nosotros

La importancia de las pequeñas cosas

Shimon Sakaguchi, Fred Ramsdell y Mary E. Brunkow, Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2025.
Shimon Sakaguchi, Fred Ramsdell y Mary E. Brunkow, Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2025. / Henrik Montogomery (EFE)
Doctor Ríos

14 de febrero 2026 - 10:38

Durante mucho tiempo dimos por hecho que el sistema inmunológico era, sobre todo, un ejército. Un conjunto de defensas diseñado para reconocer lo extraño y destruirlo con eficacia. Virus, bacterias, células tumorales: todo aquello que no pertenece. Era una visión poderosa, pero incompleta. Porque si el sistema inmune solo supiera atacar, la pregunta sería inquietante:

¿Por qué no nos destruimos desde dentro? Esa es, en el fondo, la pregunta que está detrás del Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2025, concedido a Shimon Sakaguchi, Fred Ramsdell y Mary E. Brunkow por descubrir y explicar los mecanismos de la tolerancia inmunológica periférica. Un concepto que puede sonar técnico, pero que encierra una idea profundamente humana: la salud no depende solo de saber defenderse, sino también de saber contenerse.

El problema de distinguir lo propio de lo ajeno

Nuestro sistema inmunológico se enfrenta desde el nacimiento a una tarea extraordinaria. Tiene que aprender a reconocer millones de moléculas diferentes y decidir, en cuestión de segundos, cuáles son una amenaza real y cuáles forman parte de nosotros. Durante años se pensó que ese aprendizaje ocurría casi exclusivamente en un órgano concreto, el timo, donde las células defensivas “aprenden” a no reaccionar contra lo propio. Era una especie de filtro inicial: lo peligroso se eliminaba ahí, antes de salir al resto del cuerpo.

Pero esa explicación tenía fisuras. No era suficiente para entender por qué, en condiciones normales, el sistema inmunitario convive en paz con tejidos complejos, con el embarazo, con la microbiota intestinal o con órganos trasplantados en algunos casos. Algo más tenía que estar ocurriendo fuera del timo, en la periferia del organismo. El trabajo de los premiados permitió identificar y caracterizar un tipo específico de células del sistema inmune: las células T reguladoras, conocidas como Treg.

Su función no es atacar. Es frenar. Estas células actúan como un sistema de control interno que modula la respuesta inmunitaria. Observan, evalúan y, cuando hace falta, dicen “basta”. Impiden que una respuesta defensiva normal se convierta en una agresión descontrolada contra los propios tejidos. Gracias a ellas, el sistema inmune no solo es eficaz, sino también tolerante.

Este equilibrio —atacar lo que debe ser eliminado y respetar lo que debe permanecer— es uno de los pilares de la salud. Cuando falla, aparecen las enfermedades autoinmunes, las alergias graves o algunos rechazos de trasplantes. El impacto de este descubrimiento va mucho más allá de la inmunología básica. Ha cambiado la manera en que entendemos múltiples patologías.

Hoy sabemos que en enfermedades como la artritis reumatoide, la diabetes tipo 1, la esclerosis múltiple o el lupus no solo hay un sistema inmune “demasiado activo”, sino un sistema que ha perdido capacidad de autorregulación. No es solo un exceso de ataque. Es un fallo en los mecanismos de contención. Esto ha abierto nuevas líneas terapéuticas que no buscan simplemente suprimir el sistema inmunitario, sino reeducarlo. Restaurar el equilibrio en lugar de apagarlo por completo. Una idea más fina. Y, probablemente, más segura.

Una técnica en el laboratorio durante una jornada de trabajo.
Una técnica en el laboratorio durante una jornada de trabajo. / Fermín Cabanillas (EFE)

Defenderse no siempre es la solución

Vivimos en una cultura que valora la fuerza, la reacción rápida, la respuesta contundente. También en medicina. Durante décadas, muchos tratamientos se basaron en bloquear, eliminar, suprimir. Pero el cuerpo humano no funciona bien en los extremos. El sistema inmunológico no está diseñado para estar siempre activado, igual que no lo está para permanecer pasivo. Necesita flexibilidad. Matices. Capacidad de adaptación.

El Nobel de este año reconoce algo que, visto con distancia, parece casi una lección vital: la salud no es un estado de guerra permanente, sino un equilibrio dinámico. Uno de los aspectos más fascinantes de estos hallazgos es que refuerzan una visión del cuerpo como un sistema profundamente inteligente. No mecánico, no lineal, no simple. Un sistema que integra señales, aprende de la experiencia y ajusta su comportamiento en función del contexto. Que sabe cuándo actuar y cuándo no hacerlo.

Esta mirada obliga también a ser prudentes. Intervenir en un sistema tan complejo requiere respeto. Entender que cada acción tiene consecuencias y que no siempre “más” significa “mejor”. Los mecanismos de tolerancia inmunológica están hoy en el centro de la investigación en campos tan diversos como el cáncer, los trasplantes, las terapias celulares o las enfermedades inflamatorias crónicas.

Paradójicamente, en oncología se investiga cómo liberar frenos para que el sistema inmune ataque al tumor. Mientras que en autoinmunidad se busca reforzarlos para evitar el daño. La clave es la misma en ambos casos: entender el equilibrio. Este Nobel no premia un tratamiento concreto ni una técnica espectacular. Premia una idea. Una forma de comprender mejor cómo funciona la vida a nivel más íntimo.

Una enseñanza que va más allá de la inmunología

Quizá por eso este premio resulta tan sugerente incluso para quienes no se dedican a la investigación. Porque habla de algo que reconocemos en otros ámbitos. No todo problema se resuelve atacando. No toda respuesta eficaz es agresiva. No toda fortaleza consiste en empujar más fuerte. A veces, la verdadera inteligencia está en saber cuándo frenar. El sistema inmunológico sano no es el más beligerante, sino el que mejor distingue. El que protege sin destruir. El que actúa sin perder el control.

El Premio Nobel de Medicina 2025 nos recuerda que la ciencia avanza no solo cuando descubre nuevas armas, sino cuando comprende mejor los mecanismos de equilibrio que sostienen la vida. Entender por qué el cuerpo no se ataca a sí mismo es, en el fondo, entender cómo se mantiene la salud día a día, en silencio, sin que nos demos cuenta. Y quizá ahí esté la grandeza de este descubrimiento: en haber puesto nombre y función a algo que ocurre constantemente sin hacer ruido. Como tantas cosas importantes.

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