La culpa de seguir vivo: cuando sobrevivir también duele

La consulta del especialista

No aparece en los partes médicos ni se ve en las radiografías, pero puede ser tan incapacitante como una lesión grave

Enfermar en el espacio

Cabecera del tren Iryio siniestrado en el accidente ferroviario ocurrido el pasado domingo en la localidad cordobesa de Adamuz. / Jorge Zapata (EFE)
Doctor Ríos

24 de enero 2026 - 09:47

Cuarenta y cinco personas han fallecido en el horrible accidente de tren de Adamuz. Todas esas vidas tiradas a la basura en una tragedia tan evitable como previsible y aquí estamos, sin que nadie asuma responsabilidades ni tenga la vergüenza torera de dimitir, ¿verdad ministro?

España es un país que para cualquier cosa te piden tropecientos permisos, licencias, tasas, y cuídate de no cumplirlo, que te cae la del pulpo. En cambio, los políticos tienen patente de corso. Pueden hacer u omitir cualquier cosa incluso con el resultado de muerte, y no pasa nada. Nadie tiene la gallardía de irse, pero claro, alguien como Oscar Puente dónde va a ir... Este es el país que tenemos. Es que estoy negro con esta desgracia.

Tras una gran tragedia solemos contar muertos, heridos, daños materiales y causas técnicas. Pero hay otra cifra invisible: la de quienes salieron con vida y, sin embargo, sienten que algo dentro de ellos se rompió para siempre. Entre los supervivientes de catástrofes como accidentes ferroviarios, atentados o desastres naturales es frecuente un fenómeno poco conocido por el gran público: la llamada culpa del superviviente. No aparece en los partes médicos ni se ve en las radiografías, pero puede ser tan incapacitante como una lesión grave.

“Yo debería haber muerto”

Algunos supervivientes lo expresan con frases duras:

Son pensamientos recurrentes que surgen incluso cuando la persona no tuvo ningún control real sobre lo ocurrido. No es una culpa racional, sino emocional, profunda y persistente. Desde fuera puede resultar incomprensible. Desde dentro, es devastadora.

La culpa del superviviente es una reacción psicológica descrita desde hace décadas, inicialmente en soldados que regresaban vivos de la guerra cuando sus compañeros habían muerto. Hoy se reconoce en víctimas de accidentes colectivos, epidemias, catástrofes naturales o atentados. No es un trastorno en sí mismo, pero sí un síntoma frecuente del trauma psicológico y puede formar parte del trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Aspecto de uno de los vagones de uno de los trenes accidentados en Adamuz. / Jorge Zapata (EFE)

Su núcleo es una pregunta imposible: “¿Por qué yo sí y ellos no?” Como no tiene respuesta lógica, la mente construye una falsa explicaciónalgo habré hecho mal. Desde el punto de vista neuropsicológico, esta culpa cumple una función paradójica: restaurar la ilusión de control. Aceptar que la muerte llegó de forma arbitraria resulta insoportable para el cerebro. Pensar que hubo una decisión equivocada, un error propio o una omisión permite creer que el mundo sigue teniendo reglas.

La culpa es, en cierto modo, menos aterradora que el azar absoluto. A esto se suma la empatía intensa hacia las víctimas, el duelo no resuelto y la ruptura brusca de la sensación básica de seguridad: si esto ocurrió una vez, puede volver a ocurrir en cualquier momento. La culpa del superviviente no siempre se verbaliza. A menudo se filtra en la conducta diaria:

Algunos pacientes describen que se sienten “robando oxígeno” a los muertos. Uno de los grandes problemas es que esta culpa suele vivirse en soledad. El entorno, con buena intención, utiliza frases como:

Pero estas expresiones, lejos de ayudar, suelen aumentar el aislamiento emocional. El superviviente se siente incomprendido, incluso avergonzado por no poder sentirse feliz. La sociedad espera gratitud. El cuerpo y la mente todavía están en guerra. En emergencias se movilizan cirujanos, traumatólogos, intensivistas y equipos de rescate. La prioridad es salvar vidas, estabilizar fracturas, controlar hemorragias.

Sin embargo, el trauma psicológico puede aparecer semanas después, cuando las cámaras ya se han ido y el hospital ha dado el alta. Muchos supervivientes vuelven a casa con el cuerpo intacto y la mente en ruinas. La Organización Mundial de la Salud estima que entre un 20 y un 40 % de los supervivientes de eventos traumáticos masivos desarrollan síntomas psicológicos clínicamente relevantes si no reciben apoyo adecuado.

¿Se cura la culpa del superviviente?

Sí. Aunque el proceso no es rápido ni lineal. El abordaje más eficaz combina:

Uno de los objetivos centrales es desmontar la falsa ecuación: “Si yo vivo, es porque otro murió por mi culpa”. Sustituirla por una verdad más difícil, pero real: “Viví por azar. Y eso no me convierte en culpable”. Un punto clave en la recuperación es aprender a recordar a los fallecidos sin castigarse por seguir existiendo.

Algunos pacientes canalizan este proceso participando en actos conmemorativos, escribiendo, colaborando con asociaciones de víctimas o ayudando a otros. No como forma de penitencia, sino como manera de transformar el dolor en algo con sentido. En tragedias públicas solemos exigir responsabilidades técnicas, políticas o judiciales. Es necesario. Pero también existe una responsabilidad silenciosa: cuidar a quienes sobrevivieron.

Detectar síntomas, facilitar atención psicológica temprana, normalizar que “estar vivo no siempre se siente como un regalo” y dejar espacio al duelo complejo son actos de salud pública. Porque sobrevivir no siempre significa haber salido ileso. Las cicatrices psicológicas no sangran, pero pesan. No se ven en las radiografías, pero condicionan la vida durante años.

Comprender la culpa del superviviente no devuelve a los muertos, pero puede salvar a los vivos de convertirse en prisioneros de una condena injusta: la de sentirse culpables por algo que nunca estuvo en sus manos.

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