Nézet-Séguin transforma el Concierto de Año Nuevo de Viena en la edición más innovadora en décadas

El canadiense rompe los esquemas del concierto con dos piezas compuestas por mujeres abriendo una nueva era y deseando la paz en el mundo

Cerró dirigiendo la Marcha Radetzky desde el público generando risas, complicidad y entusiasmo entre los asistentes

Juventud y emoción coral en Artillería

Yannick Nézet-Séguin desencorseta el Concierto de Año Nuevo. / EFE/ Filarmónica de Viena / Dieter Nagl
M. H.

01 de enero 2026 - 18:09

Tras décadas de liturgia casi inamovible e indomable, el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena ha abierto 2026 con una sacudida elegante y simbólica. Al frente, el canadiense Yannick Nézet-Séguin, uno de los directores más influyentes de su generación, que ha dotado al recital una mirada contemporánea que amplió el canon sin traicionar su espíritu este 1 de enero de 2026.

A sus 50 años, con un ritmo ágil y un estilo enérgico y vibrante que ha atrapado al público durante todo el concierto, Nézet-Séguin ha demostrado que la tradición no tiene por qué ser sinónimo de inmovilismo. Bajo su batuta, el concierto de música clásica más famoso del mundo ha sonado reconocible —con valses, polcas y marchas de la dinastía Strauss— pero también distinto: cinco obras se interpretaron por primera vez en este marco, dos de ellas compuestas por mujeres.

El gesto no es menor en una institución que ha tardado hasta 85 ediciones en interpretar por primera vez una obra femenina, algo que ocurrió solo el año pasado con el Ferdinandus-Walzer de Constanze Geiger. Este 2026, esa grieta se ensanchó con música de Florence Price y Josephine Weinlich, dos creadoras separadas por un siglo, pero unidas por una historia de invisibilización.

El Concierto de Año Nuevo en la Sala Dorada de la Musikverein, dirigido por el maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin. / EFE/ Filarmónica de Viena / Dieter Nagl

Nunca una mujer ha dirigido el Concierto de Año de Nuevo

Price (1887–1953), compositora afroamericana, llegó al programa por expreso deseo del director. “Fue injustamente relegada por su género y por su raza”, recordó Nézet-Séguin antes del concierto. Su Vals del arcoíris, impregnado de influencias populares y afroamericanas, resonó en la Sala Dorada del Musikverein como una declaración de apertura: una Viena clásica menos cerrada sobre sí misma. La otra gran protagonista fue Josephine Weinlich (1848–1887), pionera absoluta: compositora, directora y fundadora en 1875 de la primera orquesta femenina de Europa. Su obra Canciones de sirenas, cargada de espíritu colectivo y empoderamiento, encajó con precisión en la voluntad renovadora del director. El contraste con el entorno no pasó desapercibido. Nunca una mujer ha dirigido el Concierto de Año Nuevo y la Filarmónica de Viena —que no admitió a su primera instrumentista hasta 1997— sigue siendo mayoritariamente masculina: el 83% de sus 145 miembros son hombres.

Esperanza por "la paz en el mundo"

Más allá del repertorio, Nézet-Séguin imprimió al concierto una energía luminosa, marcada por la “alegría” y la “esperanza compartida”, según sus propias palabras. Esa renovación también fue visual: lució un traje a medida de Louis Vuitton, diseñado por su marido, el violinista Pierre Tourville, con líneas clásicas reinterpretadas y un broche brillante al cuello, además de sus ya características uñas pintadas. Antes del tradicional brindis, el director lanzó un mensaje directo y universal: deseó paz “en los corazones y, sobre todo, entre todas las naciones del mundo”. “La música puede unirnos porque compartimos el mismo planeta”, añadió. Un mensaje coherente con su activismo en favor de los derechos LGBTQ+, su apoyo a Ucrania y su posicionamiento político en la reciente campaña electoral estadounidense.

El programa no renunció al guiño lúdico que caracteriza al concierto. Hubo humor —con músicos ataviados con gorras de ferroviarios durante el Galope de Københavns Jernbane-Damp—, danza del Ballet Estatal de Viena y una película conmemorativa por el 250 aniversario del Museo Albertina, que animó sus obras al ritmo de la música. Tras el inevitable Danubio azul, Nézet-Séguin abandonó el podio para dirigir desde el patio de butacas la Marcha Radetzky, marcando el compás con el público entre palmas ante la anónita mirada de todos, y no fue hasta el final de la pieza cuando volvió con sus músicos. Así se cerró la 86ª edición del Concierto de Año Nuevo y, con ella, el bicentenario de Johann Strauss hijo. En definitiva, 2026 ha arracado musicalmente con un director poco dado a las inercias, con un gusto musical consciente, actual y transgresor.

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