Tomás Graves: “El ruido es un signo de identidad de quienes vivimos en el Mediterráneo”

El autor presenta en el Hay Festival ‘Afinando al alba’, unas memorias en las que el hijo del mítico Robert Graves cuenta su vida entre el paisaje y el folclore mallorquín y la cultura anglosajona.

Tomás Graves, este lunes en la Fundación Madariaga, en un acto del Hay Forum Sevilla. / José Ángel García
Braulio Ortiz

17 de febrero 2026 - 06:31

Cuando nació Tomás Graves (Palma de Mallorca, 1953), Agatha Christie envió una carta a sus padres, que habían sido vecinos de la reina del crimen durante la Segunda Guerra Mundial, para darles la enhorabuena. Hijo del poeta y narrador Robert Graves, el autor de clásicos como Yo, Claudio o La diosa blanca –un libro que Bob Dylan solía llevar en los bolsillos en una edición gastada cuando era joven–, este “crío de corazón mallorquín inmerso en la cultura anglosajona” puede presumir de haber vivido muchas vidas. En Afinando al alba (editado en España por Libros del Kultrum), Tomás Graves cuenta su experiencia como músico, una vocación que ha compaginado con su labor como impresor, y recuerda entre otros episodios su etapa de corresponsal en la Nicaragua sandinista, donde coincidió con Julio Cortázar y Claribel Alegría. El autor concedió esta entrevista poco antes de participar en el Hay Festival Forum Sevilla, que inauguró ayer una nueva edición.

Pregunta.–Dice que España tiene una de las tradiciones musicales más ricas, pero también el dudoso honor de ser uno de los países más ruidosos.

Respuesta.–Una vez, en un piso de Palma de Mallorca en el que estuvimos mientras mis hermanos iban a la escuela, mi padre les preguntó a unos vecinos que por qué hablaban tan fuerte, y ellos le respondieron: ‘Por si alguien piensa que tenemos miedo’. El volumen, en España, es una forma de decir: ‘Aquí estoy’. Aunque quizás el ruido sea un signo de identidad del Mediterráneo, más concretamente, porque mi mujer es segoviana y alguna vez se asustó con el tono que emplea la gente en la isla...

P.–Conocer a Borges fue, dice, “una de las experiencias más memorables” de su vida.

R.–Y fue curioso, porque yo acababa de volver de Nicaragua, y en ese momento había dos facciones, los escritores que estaban a favor de las revoluciones y otros más conservadores como Borges. Pero fue una delicia escucharle mientras me recitaba el poema époco de Beowulf en una dicción perfecta. Para que nos entendamos, fue como si aquí oyeran el Quijote en la voz de alguien que habla perfectamente el español del siglo XVII.

P.–En el libro enumera a algunos intelectuales y artistas que viajaron a Mallorca, como George Sand, Chopin, Julio Verne, Sarah Bernhardt o D. H. Lawrence. Algunos, por cierto, quedaron muy desencantados con el lugar...

R.–Sí. D. H. Lawrence dijo que era un sitio muy aburrido, George Sand hablaba de los mallorquines como si fueran salvajes... Lo que ocurría es que esos extranjeros estaban acostumbrados al Grand Tour, en el que se visitaban las capitales del arte, las grandes ciudades de Italia y Francia. Mallorca estaba fuera de ese circuito: aquí no había grandes cosas para admirar. El paisaje y el clima, y poco más.

P.–Cuenta que para su padre “sus novelas eran como los perros de pura raza que criaba para poder pagar la leche a su gato preferido, la poesía”.

R.–Él escribió Yo, Claudio para financiar la construcción de la casa, pero lo hizo casi a escondidas porque su pareja de entonces, la poeta Laura Riding, miraba con desdén la literatura que pagaba las facturas. Cuando llegó el ejemplar del libro, mi padre lo escondió [ríe] para que Laura no viera una obra tan a ras del suelo. Para los personajes, para retratar el carácter mediterráneo, se inspiró en sus vecinos, hasta el punto de que cuando vendió los derechos cinematográficos añadió una cláusula que decía que esa adaptación no podía estrenarse en Mallorca.

“Mi padre escribió ‘Yo, Claudio’ a escondidas. Su pareja despreciaba la literatura que pagaba las facturas”

P.–Su profesor de música fue despedido por improvisar blues en sus clases. Desde entonces usted no pratica “en solitario; solo descuelgo la guitarra de su gancho en la pared para tocar con otros”.

R.–A no ser que tenga que aprenderme una canción para un concierto, no lo hago. Toda mi carrera musical se ha desarrollado paralelamente a mi trabajo como impresor, por eso no tuve que venderme, y he podido escoger lo que me gusta. Muchas de las propuestas en las que me embarqué apenas pagaban el bocadillo y la gasolina... Pero recuerdo que Ollie Halsall nos dijo: ‘No vengáis a Madrid a buscar fortuna, porque estáis muy bien en Mallorca, cobrando lo mínimo pero disfrutando’. No he olvidado ese consejo.

P.Afinando al alba se publicó inicialmente en inglés en 2004. ¿Ha cambiado su visión del mundo en estas dos décadas?

R.–El Covid fue un golpe muy bajo para los músicos, los conciertos en directo han pegado un bajón desde entonces. Es un momento raro en el que vivimos porque la música generada por IA, grupos que no existen que han salido de ahí, ya tienen fans. Pero hay una tira de Mafalda en la que un señor ve a un hombre con el pelo largo y exclama: ‘¡Esto es el acabóse!’ Y Mafalda le contesta: ‘No exagere; sólo es el continuóse del empezóse de ustedes’. Básicamente es eso. Cada generación tiene que buscar su modo de destacar y de romper barreras. Yo soy optimista con lo que oigo, con el talento que hay por el mundo. Ahora, con internet y las redes, es mucho más fácil que un joven se grabe sus canciones y las difunda. La música más rompedora de los 60 pasaba por unos señores con corbata de las discográficas que sólo apostaban si veían que podían sacar algo. Hoy la situación es mucho mejor.

P.–Considera “lamentable” que “tantos turistas solo hayan visto la isla a través de una neblina alcohólica”.

R.–En Magaluf los hijos y nietos de los primeros hooligans han perpetuado la tradición. Ha cambiado una cosa: antes, sin los móviles, uno podía hacer barbaridades sin que su familia se enterara. Hoy la gente está un poco más recatada. ‘¡Uf, si me ven en casa!’, piensan. Y se controlan un poco.

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