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Siempre admiré la obra de Rubi en la UD Almería. Desde el ascenso, pasando por la permanencia en Primera, hasta su milagro para revivir a un vestuario desorientado y sin hambre durante el comienzo de la temporada pasada. El domingo, y sobre todo tras la comparecencia postpartido, algo cambió. Vio otro partido, una realidad distinta a la que asistimos el resto de unionistas. Decepciona y preocupa que el líder del proyecto afirme que el Almería igualó la intensidad del Eibar, que el empate habría sido un resultado justo y que los cuatro fallos en controles decisivos dentro del área no reflejaban el peligro que generó el equipo en Ipurúa. Si Rubi sigue pensando lo mismo en frío, mal vamos. Me voy a los datos: la UDA suma 8 puntos de 27, la peor dinámica del equipo desde el inicio de la temporada pasada; en 23 jornadas, sólo ha estado en una fecha en puestos de ascenso directo; es el tercer equipo de la categoría, tras Mirandés y Zaragoza, que más disparos a puerta recibe por partido; Andrés Fernández es el portero que más paradas realiza de la Liga; ha encajado cuatro goles más respecto a la temporada pasada a estas alturas de competición. Números en mano, el Almería, de momento, no está en la conversación del ascenso directo. Y, si ha estado, todo atiende al grandísimo talento individual del equipo y que a Rubi le ha salvado en más de una ocasión esta temporada. Un conglomerado de talento, no un bloque. Caras nuevas, mismos pecados. No hay mejor titular para analizar la situación actual de un equipo que se juega algo más que 3 puntos el próximo domingo en el Mediterráneo. Una bola de campeonato que determinará la confianza en un proyecto en el que Rubi ha sido, indiscutiblemente, capitán general. En sus manos está.
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