Entre Paquito y Oriol
Todo se transforma
Al ritmo de la icónica canción de Jorge Drexler, la UDA afronta un momento de la temporada que acostumbra a pasar como una exhalación ante nosotros antes de hablar de la famosa «recta final de la temporada», cuando las papas queman y las necesidades son acuciantes. Aunque cierto es que el tema que da nombre a esta columna entronca directamente con lo más puro de las relaciones entre iguales, inmiscuyéndose en la intimidad de la alcoba, también es un canto al optimismo racional y a la condición cíclica de la vida. Llevándolo a lo que nos ocupa, la UDA está experimentando una especie de cambio en su naturaleza. No sólo en su proceder, sino en la forma de proyectarse en el mundo. Atrás parece haber quedado una metodología preciosista, más preocupada en el cómo que en el qué. Pero no sólo en el césped, donde el pragmatismo adoptado es palmario, sino en cómo, desde la parte noble, también se ha pasado del preciosismo a la sobriedad. Futbolistas hechos, listos para aportar; hambre para mañana, quizás, pero pan para hoy. El mañana no existe o no importa. Sobre el tapete parece haberse asentado una máxima similar: ganar como condición indispensable para que el colectivo funcione y crezca, sin detenernos en si sus fases del juego convencen más o menos. Tiene su intríngulis, pues no parece casar con el aberrante ratio de goles encajados o con los privilegiados mimbres de la plantilla, pero parecen menudencias al lado de la importancia de salir al partido como un huracán para castigar o de terminar el partido sólidamente, sin sorpresas. Pese a mis reticencias, esto habla de la UDA como un ser vivo que, como tal, es voluble y autoconsciente. Se reformula permanentemente para tener un sitio en el mundo. Nada se pierde, todo se transforma.
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