Cuajarón

La vida, como sostiene un esmerado y desconocido escritor, no se resiste a ser la sangre morada de un cuajarón

13 de abril 2018 - 02:32

Un escritor andaluz -aunque nunca compartió la denominación de "narraluces" con que se puso nombre a un destacado elenco de escritores de los años sesenta y setenta del pasado siglo-, José María Requena, de cuyo fallecimiento se cumplen pronto veinte años, dio con una acertada metáfora de la vida en la nota que introduce su novela más conocida, El cuajaron, publicada tras obtener, en 1971, el Premio Eugenio Nadal. "Menudo cuajarón es esta vida", sostiene Requena, después de adelantar la naturaleza algo inquietante de ese coágulo rotundo. De modo que la vida, por más que resulte difícil afincarla entre las particulares lindes de una descripción -todas las vidas, como los fuegos de Cortázar, son la vida-, no es ajena al acierto de tan esmerado como desconocido escritor. La vida es "remolino de verdades y mentiras, pesadilla en la que acaso sea lo más sobrehumano el hecho de poder barajar con sabrosa desgana los naipes todos del tiempo: la angustia, con sus astillas de presente; la esperanza, con sus madejas de ingenuidad, y la memoria, igual que un saco de sorpresas perdidas, que no se resiste a ser sangre morada, vida muerta en ese universo pequeñito que viene a ser un cuajarón". Juegos del tiempo, de las facultades y los estados del ánimo -término más a mano o menos elevado que el de alma- para distraer la consunción que, al cabo, es el destino del morir. Mas no se olvide, como sentencia Saramago, que la muerte no es toda igual, lo que es igual es estar muerto.

Antes de hacerse cuajarón la vida, hay que aprender a tomarle el peso y, para ello, José María Requena señalaba la necesidad de muchos años de ejercicio. Hasta que, apurado el calendario, cuando los días alumbran el juicio con las luces, y las sombras, de la madurez mayor, el peso de la vida se hace: "tan cargante, y, paradójicamente, también tan inquietantemente liviano y corto, apenas sin tiempo de medir y temer la vertiginosa aceleración con que se nos van de las manos y del alma tantos rostros y palabras, como si un fuerte ventarrón se estuviera llevando por delante, de continuo, las sucesivas hojas de nuestra gran arboleda de experiencias y emociones, de cosas grandes y pequeñas, de tantas ilusiones conseguidas y de tantos desengaños cumplidos, de toda una hojarasca, en fin, que, en llegando a una edad, se nos irá despidiendo hasta dejarnos los árboles de la existencia nada más y nada menos que en un poderoso ramaje que iremos recubriendo con las nuevas y serenas hojas de la memoria".

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