La medalla del desconcierto

04 de marzo 2026 - 03:08

El Día de Andalucía nació para reconocer a quienes amplían el patrimonio intelectual y social de la comunidad.

Conceder un galardón a Morante de la Puebla no es neutro: presentarlo como “leyenda cultural” lo sitúa en el relato oficial y refuerza una imagen folclórica con la que se nos ha identificado fuera durante décadas.

La cuestión no es si la tauromaquia tiene raíces, sino si merece el respaldo simbólico del 28-F.

El Gobierno andaluz interpreta los toros como metáfora de valor. Pero, evocando a Ortega y Gasset, comprender una época no equivale a celebrarla. Entender el bandolerismo o la Inquisición explica nuestra historia, pero no obliga a elevarlos a emblemas institucionales.

Un premio público no es una crónica del pasado, sino un mensaje ético. Al distinguir a un torero, la administración sugiere valores compartidos y ahí surge la brecha: el 28-F no es un ruedo, es un escenario cívico donde cada símbolo es una declaración colectiva.

Hace cinco años, Morante de la Puebla recibió el Premio Nacional de Tauromaquia de manos del ministro socialista Miqel Iceta, bajo un rechazo ciudadano abrumador, revelando la fractura social del símbolo.

Posteriormente, una consulta ciudadana del gobierno de la nación mostró un altísimo porcentaje de rechazo a ese galardón, dejando al descubierto la división que la tauromaquia provoca como símbolo institucional. Pese a ello, la Junta vuelve a situar al torero en el centro del reconocimiento. ¿Es convicción cultural, voluntad de confrontación o reafirmación identitaria?

Hoy late otra Andalucía que no genera confrontación moral, capaz de dialogar con su tradición sin quedar atrapada en ella. El debate no es la prohibición, sino la jerarquía simbólica: avanzar sin renunciar a la historia, pero sin convertir en seña principal aquello que divide más de lo que cohesiona.

El debate no es taurino, es de identidad. Cada 28 de febrero se dibuja el retrato oficial de la comunidad. En la Maestranza, bajo el himno andaluz, esta medalla deja de ser individual para ser emblema colectivo.

El 28-F no debe ser un refugio de lo que fuimos, sino el espejo de lo que queremos ser: ¿estamos ampliando nuestro patrimonio o solo decorando el pasado?

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