Tribuna
Socorro para la Biblioteca de La Chanca
RECUERDO que, en mis comienzos como pintor, hice varias declaraciones públicas contrarias al impresionismo francés, especialmente dirigidas a Monet y Renoir, que levantaron ampollas y ocasionaron no pocas críticas hacia mi. El caso es que acabo de leer una noticia que me ha dejado estupefacto; en Estados Unidos se ha organizado todo un movimiento social que clama en contra de la pintura de Renoir y pide públicamente a los museos estatales que retiren sus obras de sus colecciones o, cuando menos, de sus salas de exposición. "Renoir apesta" es una plataforma ciudadana que nació en Washington y tiene ya varios miles de seguidores por medio mundo. En abril de este año elevaron una protesta formal al gobierno americano y ya han realizado varias concentraciones en la calle, la última a las puertas de la National Gallery. "Empalagoso", "antiestético", "atentado contra el nombre de las Bellas Artes", son algunos de los calificativos que esta plataforma usa para referirse al pintor francés, al que consideran altamente peligroso para la formación estética de la población. Y no son sospechosos de tener rancios gustos artísticos, pues piden "más Gauguin y menos Renoir". Algunos periodistas o comentaristas han tomado la cosa como una anécdota que no irá a más, algo intrascendente, pintoresco y pasajero, pero a mi me parece verdaderamente revolucionario. Por primera vez, un grupo emanado de la sociedad civil se atreve a cuestionar el estatus histórico de un sacrosanto artista, encumbrado antaño por los intereses del mercado y por ciertos historiadores y entendidos que propiciaron su blindaje al colgarlo en los museos junto a los grandes maestros. Personalmente, siempre he pensado que Renoir era un intruso, alguien que se había colado en la historia del arte por la puerta de atrás, sin atesorar el menor mérito. Todo el primer impresionismo francés tiene algo de esto, salvando lógicamente a Cézanne y Degas. Los casos de Monet y Renoir son especialmente escandalosos, sobre todo por sus últimas épocas, del todo indigeribles; con frecuencia, Antonio López y yo hemos hablado juntos de ello, y coincidimos plenamente. Ni tan siquiera son pintores mediocres; son abiertamente malos. Como aviso para navegantes, en claro desafío al orden estético establecido por los gurús del arte, se elevan ahora estas quejas de ciudadanos anónimos. Nada está ya seguro; ni tan siquiera el estatus de los grandes iconos modernos.
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