Crítica de arte
Francisco Bautista Toledo
La luz del pintor
Es socorrido afirmar o entender que la tranquilidad resulta el estado más conveniente ante una perturbación, una dificultad, una controversia, un enredo o una confusión indescifrable. No pocas veces, quienes así administran la tranquilidad -ya que suelen ser responsables de las causas o situaciones ante las que se requiere- hacen de ella tanto un comodín como un placebo. Lo primero, por considerarla de general utilidad para el muy diverso catálogo de complicaciones que la exijan -dicho sea popularmente, la tranquilidad lo mismo sirve para un roto que para un descosido-. Y lo segundo, el placebo, cuando se pretende que la tranquilidad, sin acción terapéutica, produzca efectos favorables que se relacionen con ella -la tranquilidad ayuda o predispone, puede ser condición necesaria, pero no suficiente-.
Por eso, cuando abruman o no es posible descifrar enrevesados requerimientos, es poco ajustado -además de insuficiente- recomendar a los concernidos que acudan a la tranquilidad, como si esta fuera el prodigioso y literario bálsamo de Fierabrás -la panacea cervantina-. De modo que bastara tenerla para hacer factible lo inviable, o sencillo lo complejo, o útil lo inmanejable.
Demócrito, cerca de medio milenio a. C., puso el nombre de ataraxia a una disposición del ánimo que, disminuida la intensidad de las pasiones y de los deseos que conturban el equilibrio de la mente y el cuerpo, con sólida fortaleza ante la adversidad, lleva al antedicho equilibrio y, al cabo, a la felicidad. Esta es el fin último que se alcanza con la satisfacción de los placeres naturales y necesarios, para los epicúreos; o con la correspondencia entre los deseos y la razón natural, en una vida dirigida precisamente por la razón y la virtud, sin preocupaciones excesivas por los bienes materiales y la fortuna, en la doctrina estoica; o como resultado de la suspensión del juicio, ya que no es posible afirmar o negar nada, en los postulados escépticos. De todas estas formas se manifiesta la tranquilidad, que, de manera serena e imperturbable, lleva a la ataraxia y, por ello, a la felicidad.
Ahora bien, cosa distinta es asimilar ese espléndido equilibrio de la ataraxia, ese magnífico estado del ánimo que conduce a la felicidad genuina, con la tranquilidad como coyuntural remedio para hacer frente a los estropicios que suelen provocar quienes la invocan.
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