Resistiendo
Andrés García Ibáñez
Un siglo del padre Bartolomé
Un hombre decrépito, que podría aprovechar para exponer el último jugo de su cadavérico rostro (ahora sí que parece un anciano de verdad), hace su autoentrevista de temporada. Sus enjuagues no me los creo, parece todo muy natural. Un entrevistador de tve me llama, me propone una entrevista y yo digo lo de siempre. Pero se nota que es todo artificial, que ya no se puede hablar de tú a tú a Sabina, que Sabina está rodeado de un aura como campo de fuerza electromagnética que repele todo que ya no cuenta con su placet. Me imagino pidiendo como Mr. Epstein, (ni idea de lo que hablo, verdad), me gustaría ver primero las preguntas. Pero para qué si parece que hasta las preguntas las escribe él. Las preguntas, las respuestas, las contrapreguntas, las conclusiones, los votos del jurado, las alegaciones y el veredicto. Podía masacrar esa imagen que se ha fabricado de triunfador universal, en las artes, las letras, el dinero y los amigos, qué rollos me estás contando de tener miedo ahora de los amores o qué sé yo qué cuantos. En tu trono y con tu librito de primera edición del Ulises de Joyce dedicado (a él no, aclara, jajajajaja) y también otro de Baudelaire, nos repite otra vez, ya en bucle, que él no aspiraba a nada y que le ha llegado todo, como los lirios del campo que ni siegan ni recogen. Él sí siega y deja cadáveres que va metiendo en cajas y dejándolos abandonados en las cunetas de carreteras secundarias donde se para a repostar. Estos sí que no los encuentra ni la memoria histórica y tampoco se atreven ya a decir muchas cosas en youtube, no vaya a ser que el boss le eche la zarpa y les amargue la poca vida laboral que le queda, si es que le queda algo. Él, Sabina el magnánimo, el todopoderoso Sabina, el rey Midas de los versos ya flojos todavía tiene en el cargador algunas balas para quién se atreva a mancillar su macilenta imagen de falso tahúr amado por la humanidad. No creo que tampoco te vayan a dar tanto la paliza si vas al bar de abajo a tomarte un cafelito con porras, tú mismo subestimas tu fama. Por lo que yo he oído y dicen, eres, sí, ese que vive por ahí. En un submundo donde ya casi nadie es nadie, pongamos que hablo de Madrid, no seré yo el que vaya a importunarte en tu vejez, no te preocupes. Y tranquilo, todos los amiguetes esos que has dejado tirados sin la menor razón quedan entre tú y yo y todos los purulentos perseguidores de mitos morbosos.
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