Paisaje urbano
Eduardo Osborne
Los palos del avispero
Desde hace un tiempo, el Paseo de Almería ocupa buena parte de la atención de la prensa y de las conversaciones ciudadanas. Los costes, los materiales, la limpieza o los plazos de ejecución se han convertido en un tema recurrente con el que amanece la actualidad local.
Más allá de los titulares, muchos ciudadanos hemos seguido las obras con ojo curioso, atentos a cada avance y a cada tramo abierto. En el imaginario colectivo planean fechas clave como la Semana Santa o la Feria, momentos en los que el Paseo recupera su condición de escenario urbano. Sin embargo, el problema del Paseo no es solo estético ni coyuntural; es, sobre todo, un problema de identidad urbana. La intervención no se comporta como un hito, no construye relato y no se integra en la lógica de una ciudad-hojaldre, tal como la definió Carlos García Vázquez.
La ciudad debe entenderse como una superposición de capas: historia, usos, memorias, flujos, conflictos, imaginarios. Una buena obra urbanística no borra esas capas; las hace legibles. Ahí reside una de las carencias del proyecto.
El Paseo no es solo un eje funcional, sino también un lugar simbólico, un espacio donde el presente debe apoyarse en la memoria. Sin embargo, no ha logrado generar una imagen propia. Resulta un paseo agradable, correcto, pero le falta la capa significativa: el simbolismo que permite que una ciudad se reconozca en una obra. Es una intervención sin relato, y una capa sin relato es una capa fallida.
La historia urbana ofrece ejemplos de espacios que asumieron el reto de convertirse en columna vertebral de una ciudad. La Calle Uría (Oviedo), la Calle Larios (Málaga), el Paseo del Muro de San Lorenzo (Gijón) o incluso la Plaza de la Encarnación (Sevilla) no nacieron como gestos espectaculares, sino como operaciones urbanas capaces de ordenar flujos, acoger la vida cotidiana y construir identidad con el paso del tiempo. En todos los casos, la clave no fue la monumentalidad, sino la capacidad de generar un relato reconocible. Ese es, precisamente, el desafío pendiente del Paseo de Almería si aspira a trascender como espacio urbano significativo y querido por sus ciudadanos.
Conviene recordar que incluso la Torre Eiffel fue rechazada en sus inicios antes de convertirse en símbolo. Pero para llegar a ese punto, Almería necesita algo más que una obra terminada: necesita un relato compartido.
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