Cotarro nepotista sobre fondo trágico

30 de enero 2026 - 03:08

La fotografía que comentamos representa a los reyes, varios ministros, el presidente de la Junta, un guardia civil y varios escoltas, en el instante en que columbran desde el andén del edificio técnico de la estación de Adamuz los destrozos causados en el tren Alvia tras su colisión con el tren Iryo. Acaso por deformación profesional, cosa que es de agradecer, el fotógrafo contratado por la Casa Real ha matado dos pájaros de un tiro enmarcando la imagen en un plano general donde en la mitad derecha ha apiñado a la cuadrilla de autoridades en tanto que ha dejado expedito el lado siniestro para mostrar ampliamente el lugar en que unos metros más atrás el coche cabina del convoy siniestrado yace escorado a babor y fuera de la vía.

Tras el tendido de cables y catenarias, vese en lontananza un rudo paisaje de olivos acaso colmados de fruto aún y enmarcados por calles o al tresbolillo revistiendo las redondeces de la tierra adamuceña de una pana verdioscura y como roída que embute de geométrica monotonía la mirada despierta. El solitario algodón de un cúmulo nimbo que se cierne allá en la parte superior de la imagen constituye el insignificante contrapunto de un sol radiante que, ajeno a los atormentados delirios románticos, está pez en materia de simbolismo y que por no conocer ni conoce siquiera su absoluta indiferencia hacia la tragedia humana que alumbra con descaro.

Así y todo, no puede negarse que ahí hace un frío que pela. Al menos eso se infiere del cálido atavío que luce el personaje más flacucho del grupo, esto es, Letizia: un abrigo largo de paño, cruzado por delante, negro como una noche cerrada y triste como un maniquí de ropavejería. Replican al luto zaíno de la reina el verde tricornio del uniforme del picoleto con hechuras de banderillero que la flanquea y los distintos tonos de azul marino que predominan en la indumentaria del resto de la comparsa, que, ya repita zapatos, camisa o chaquetón, está “renovada completamente”.

En torno al varal de los dos metros de rey, se apila la farfolla política y ministerial que, bien de frente, bien de perfil, mira para la cámara exhibiendo unos semblantes consternados, se conoce que no tanto por la catástrofe ferroviaria cuanto por los malos augurios de las encuestas electorales. Mientras tanto, a su vera, el morro del tren siniestrado adopta la apariencia del hocico de un cervatillo abatido en una jornada de caza mayor.

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