La aldaba
Carlos Navarro Antolín
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Seguro que recordarás, querido lector, cuándo decíamos aquello en la pandemia de que «de esto saldremos mejores», o cuando tras el desastre de la DANA en Valencia se decía que «deberíamos aprender la lección». Pues bien, como se suele decir, el ser humano es el único animal que tropieza dos y tres y cincuenta veces con la misma piedra. No aprendemos.
En la puerta del IES Maestro Padilla, en la capital, hay un aparcamiento que utilizan a menudo multitud de profesores y profesoras, así como padres y madres, además de ser atravesado por un gran número de alumnado de su centro. Una farola de grandes dimensiones cayó al suelo ayer en este aparcamiento, junto a un paso de peatones. Por suerte, solo pilló debajo el coche vacío de una profesora. Dios siempre se apiada de los inocentes.
En un centro del poniente se inundó por completo uno de los pasillos de entrada, con más de medio metro de agua. En otro colegio de la capital, el agua caía a borbotones por las paredes, por encima de los enchufes y las instalaciones eléctricas, mientras todo el personal del centro, igual que el alumnado, permanecían en sus clases.
A media mañana, a eso de las 11, oleadas de padres y madres iban urgentemente a recoger a sus hijos e hijas, ante la situación que se estaba presentando. Hay que ser descerebrado para hacer ir justamente a esa hora, pero ¿no se supone que la administración está para velar por el bien común, incluso en casos en que la ciudadanía se comporte de manera imprudente?
Seguramente la mayoría de los niños y niñas, si perdían clase en el día de ayer dejarán de ser ministros, ingenieros, grandes ejecutivos o no tendrán preparación suficiente para desarrollar su profesión. Por un día. También es seguro que el sistema económico se vendrá a pique si sus padres y madres no tienen con quién dejarlos un día. Un solo día. Y por supuesto, el «morro» del profesorado, un día de vacaciones gratis. Un solo día. Si hubiera fallecido un solo profesor o profesora, un solo niño o niña, un solo padre o madre, nada hubiera merecido la pena. Por un solo día. No aprendemos nada.
Como ciudadano y como padre considero que la apertura de centros en la provincia de Almería fue una auténtica temeridad. Es poner en riesgo muy a la ligera la seguridad, la vida de nuestros niños y niñas, por encima de todo. Y por extensión, de miles de personas adultas. Pero no pasa nada. No ha pasado nada. Hasta la próxima.
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