Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
En el manual de cualquier aprendiz de historiador figura el papel trascendental de la demografía como marcador casi infalible de los impulsos y las crisis económicas y sociales, incluso las ligadas a los declives de ciertas civilizaciones y el orto de otras. Por eso resulta tan sorprendente la ceguera voluntaria de nuestras sociedades, las europeas y occidentales, ante los datos incontrovertibles de que hoy disponemos, con una fiabilidad prácticamente total.
Limitándonos a España, y ahora que andamos de celebraciones y balances sobre los últimos cincuenta años, el demógrafo Alejandro Macarrón, quizá el más prestigioso y conocido de los españoles actuales, quien lleva muchos años advirtiendo de la deriva suicida que emprendimos hace unas décadas, ha amenizado los fastos con la siguiente batería de datos: si en 1975 el 85% de los adultos menores de 30 años estaba casado, ahora no se llega al 15%; si entonces más del 90% de los españoles se casaba al menos una vez en la vida, ahora lo hacen menos del 50%. En consecuencia, entre 1975 y 2025 la natalidad de niños de madres españolas ha caído un 67%, de forma que son ya 20 las provincias españolas, entre ellas Madrid y Barcelona, donde en 2024 nacieron al menos un 40% de niños con, al menos, un progenitor extranjero. Al mismo tiempo, cada año mueren 200.000 españoles más de los que nacen –ninguna guerra ha conseguido jamás semejante marca–, y la población envejece a una velocidad nunca imaginada. La conclusión de Macarrón es poco discutible: “En lo relativo a familia y natalidad […], el último medio siglo ha sido un completo desastre”.
¿Lo suplimos con la inmigración? Al margen de las consecuencias culturales que atrae en su forma masiva e incontrolada, en el plano puramente socioeconómico la sustitución simplemente no funciona: exportamos ingenieros y médicos, formados a un alto precio, y nos llega gente sin formación. La resultante es también arrasadora: según el mismo experto, de los 575.000 extranjeros acogidos en los últimos 12 meses, el 34% de ellos, entre 20 y 64 años, están en paro o inactivos, pero todos ellos gozan de techo y de los servicios básicos y prestaciones de la población española. Y la presión es cada vez mayor en medio de la absoluta negligencia política y de la aún mayoritaria apatía ciudadana.
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