La esquina
José Aguilar
Sísifo revive en la izquierda radical
La semana pasada creí vivir el culmen del esperpento en Venezuela. La mascarada de Trump celebrando la invasión ese país, desde luego, parecía por completo insuperable. Pero el tiempo, inexorable, siguió discurriendo, también para Venezuela. Entre otras cosas, en solo una semana, ha descorrido el sutil velo de una ignominia profunda, estructural, ante la que toda una invasión incluso se convierte en una nimiedad, probablemente porque la explique en última instancia.
Sin grandes esfuerzos, el planeta entero sabía que Nicolás Maduro simplemente ponía cara y folclore al régimen tras la muerte de Hugo Chaves. Por detrás, en los claroscuros de unas bambalinas que ni eran ni dejaban de ser, Diosdado Cabello se encargaba de custodiar las esencias bolivarianas y Delcy Rodríguez de supervisar su cumplimiento. Desde el primer día después de que invadieran su país, más allá de un leve amago de protesta, Delcy se avino a acatar los requerimientos de Trump sin rechistar demasiado. Solo unas cuantas horas después, en vista de cómo se estaban poniendo las cosas, Diosdado y el aguerrido Vladimir Padrino también anunciaron su disposición a colaborar en la nueva etapa de su país dictada desde Whasington. Mientras tanto, Maduro está en una prisión norteamericana de la que probablemente no saldrá ya nunca.
Pero la oposición también se mueve, tanto que han sido recibido en la Casa Blanca. Pero quien se ha desplazado hasta allí ha sido María Corina Machado, tan bien predispuesta que le ha regalado su Nobel de la Paz al presidente norteamericano. Más allá de que el gesto ha escandalizado a Noruega y al resto del mundo, algo no cuadra en esa ecuación. Mientras no se demuestre lo contrario, el presidente electo es Edmundo González, que también parece haber un maniquí puesto en el escaparate, al que han retirado ya inservible.
No deja de ser llamativo, y sintomático, que tanto el chavismo como la oposición calquen el procedimiento. Es inevitable que venga a la mente una conversación muy conocida entre Fidel Castro y Hugo Chaves. El mandatario cubano le confiaba al presidente venezolano su convicción de que los norteamericanos intentarían invadirlos en algún momento. Ambos convinieron que, si fuera así, los encontrarían de pie para enfrentarse a ellos hasta el final.
Si así sucediese, visto lo visto, no se habrían encontrado con nadie detrás. De manera que no es tan extraño que los invadan cuando les parezca oportuno.
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