La esquina
José Aguilar
Sísifo revive en la izquierda radical
Mala cosa que la gente desconfíe del humor. Mala cosa que la gente que llena las tertulias de la radio y la televisión se finja muy escandalizada porque alguien le haya hecho una broma pasada de rosca. Y mala cosa que todo el mundo ponga cara de malhumorado crónico. Por Dios santo, qué sociedad más fúnebre estamos creando en un tiempo en que todo el mundo se proclama falsamente tolerante. Pues va a ser que no, y quizá no ha habido una época más sombría y suspicaz y quisquillosa que la nuestra. Es verdad que el humor escuece y puede resultar muy molesto. Es verdad que el humor puede ofender. Pues claro que sí. Y el humor roza a menudo lo macabro y lo hiriente y lo insultante, si no cae descaradamente en todas estas cosas. Pero la desaparición del humor, o mejor dicho, la proscripción pública del humor por una especie de pacto tácito que todos hemos asumido voluntaria o involuntariamente, es una desgracia social de la que quizá nunca podamos reponernos.
Una sociedad sana es una sociedad en la que nadie puede estar libre de críticas ni de bromas. Y si empezamos a establecer colectivos que no pueden ser sometidos a críticas –para no caer en el racismo ni el discurso de odio–, podemos ser muy virtuosos, claro que sí, pero estamos coartando peligrosamente nuestra libertad de expresión. Y no olvidemos que la libertad de expresión, por desagradable que sea, es uno de los pilares de las sociedades libres, unas sociedades cada vez más escasas en nuestro planeta. En China no se pueden hacer bromas contra el gobierno bajo severas penas de cárcel. Y en Rusia puedes aparecer hecho fosfatina en un callejón si te has atrevido a emitir un tuit crítico contra cualquier persona que reúna un mínimo de poder económico o político, por no hablar de los países islámicos, donde prácticamente no existe el humor en los espacios públicos porque todo lo que esté asociado al humor se considera irreverente y blasfemo y por tanto sacrílego. Y en USA, el gran Donald Trump no soporta las burlas contra su egregia persona y de inmediato amenaza con demandas y multas a todos aquellos que se atrevan a reírse de él. Y podríamos seguir y seguir.
No, no es una buena noticia que cada vez seamos más miedosos antes de hacer un chiste o burlarnos de alguien que no nos cae bien. Qué miedo da todo lo que está ocurriendo.
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