Horroris causa

14 de febrero 2026 - 03:08

Tomás Hibernicus fue un fraile erudito irlandés del siglo XIV formado en la Sorbona parisina, institución de la que terminó siendo profesor. Más que por sus contribuciones originales, fue conocido por su gran labor como compilador de textos y como autor de índices alfabéticos que servían de orientación a los lectores de la Baja Edad Media. También es muy conocida su opinión acerca del París en su tiempo, una ciudad dividida en tres grandes dominios: la ciudad, que ocupaba el pueblo llano, la cité, de la aristocracia, y la Sorbona, para los universitarios.

La taxonomía de Tomás Hibernicus reflejaba una realidad, que además había tenido tintes algo más que conflictivos en fechas no tan lejanas al fraile irlandés. La sociedad en general, y la corte francesa en particular, recelaba profundamente de la universidad. Esa tensión desembocó en enfrentamientos violentos entre 1212 y 1229. La tirantez cruzó el estrecho de La Mancha. Entre 1232 y 1240 se registraron hechos similares en Oxford. Sin embargo, un año antes, en 1231, el papa Gregorio IX se había encargado de ponerle solución al estatus de la universidad mediante la bula Pares Scientiarium. El Santo Padre alumbró un camino que luego se extendió urbi et orbi, convirtiendo a la universidad en la preservadora del conocimiento. Para cumplir con esa función ha sido innegociable ejercer una independencia sin cortapisas, tal y como preconizaba el propio Gregorio IX.

El rector de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria parece dispuesto a romper con esa divisa milenaria. No ha tenido mejor ocurrencia que conceder a la reina Sofía un Doctorado Honoris Causa, la máxima distinción honorífica de una universidad. El pequeño inconveniente radica en que ha de reconocérsele a la persona premiada su especial contribución al conocimiento o a alguna esfera de la vida social. Claro, haber nacido en el seno de una familia real y contraer matrimonio con Juan Carlos I no parecen méritos singularmente relevantes para esa distinción. Naturalmente, ya hay una lista de colegas grancanarios sublevados por una decisión por completo fuera de lugar, que ofende sin ambages al espíritu académico.

En otros tiempos habría bastado con reimprimir la Pares Scientiarium y distribuirla por las universidades. Ahora, claro, habrá que traducirla primero. Lo que sea para que la institución universitaria no se postre ante nadie.

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