Figura de sentido

Sarah Thomas

Mi no-lugar favorito

Terminal de llegadas del aeropuerto de Almería
Terminal de llegadas del aeropuerto de Almería / Diario de Almería

03 de enero 2026 - 03:07

Todos pasamos por lugares que no recordamos y que, sin embargo, forman parte de nuestra vida. Aeropuertos, estaciones, hoteles. Espacios concebidos para el tránsito, no para quedarnos, y aun así cargados de horas, despedidas y recuerdos. A estos escenarios el antropólogo Marc Augé los llamó no-lugares. Durante años, los arquitectos aprendimos a respetarlos: espacios complejos que exigían ser inolvidables para no quedar desahuciados, abandonados, sin relato. Con el tiempo he aprendido que la identidad también se construye.

Hemos convivido con ellos mucho antes de que tuvieran nombre, aunque ahora los miramos con mayor atención. En teoría, no generaban identidad, no establecían relaciones y no conservaban memoria. Pero algo ha cambiado. Hay estaciones convertidas en destinos, aeropuertos que funcionan como carta de presentación de un país y salas de espera que resultan más hogar que el propio apartamento. Quienes viajamos con frecuencia lo sabemos: a veces invertimos más tiempo en una puerta de embarque que en nuestra propia casa. El no-lugar ha adquirido consistencia y se comporta como un lugar en nuestras vidas.

Hay arquitecturas que nacen sin vocación de durar y acaban convirtiéndose en símbolos. Lejos de ser un espacio vacío, se han transformado en escenario de lo cotidiano. Espacios diseñados para no detenerse acaban siendo aquellos donde echamos raíces sin darnos cuenta. Para mí, esa familiaridad vive en aeropuertos y andenes; para otros, en un centro comercial un sábado cualquiera o en la estación de servicio donde, cada Navidad, se hace la última parada antes de llegar al hogar.

Algunos acumulan tanta carga emocional que los traslado a mis novelas como personajes silenciosos. En ellos aprendemos a esperar, a despedirnos, a volver a empezar. El secreto, como casi siempre, está en el presente: habitarlos con atención, detenerse, mirar, escuchar. En cada ciudad queda una pieza de nuestra historia. Todos guardamos lugares así, aunque el ajetreo diario no siempre nos permite nombrarlos: la calle donde nos enamoramos, el parque de nuestros hijos, el banco desde el que se mira llover, la estación que anuncia el regreso.

Los no-lugares tienen alma, la dejamos a nuestro paso. Y quizá el trabajo de un escritor consista en coleccionarlos: rescatar lo destinado a no trascender y hacerlo eterno. Por eso, mi no-lugar favorito, sin duda, está siempre en los libros.

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