Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Las historietas cómicas, cuando rozan la genialidad, no solo distraen, sino que aleccionan, aunque diversos puedan ser los fines, y la naturaleza, de sus dibujadas y coloreadas enseñanzas. La resistencia de una ficticia aldea, al noroeste de la Galia, allá por el año 50 a. C., a la conquista romana por las legiones de Julio César, es el argumento general de Astérix el Galo, casi siempre acompañado del mayúsculo Obélix. La fuerza sobrehumana de los aldeanos se debe a la ingesta de una pócima preparada por el druida Panorámix. Y los romanos, por su penosa vida en los cuatro campamentos que rodean la aldea, no dejan de pretender ocuparla, a fin de evitar que Panorámix prepare la poción o de hacerse con ella. El menudo Astérix y el corpulento Obélix lo impiden reiteradamente, y con estos litigios se componen las historietas, la primera de las cuales apareció a finales de 1959, en las que no faltan jocosos anacronismos y estereotipos de las naciones europeas. Hispania, así, es el país barato que la gente del norte elige para sus vacaciones, con el atractivo de la gastronomía, el flamenco, los toros o el aceite de oliva, y frecuentes colapsos de las vías romanas en los desplazamientos. Las parodias, por tanto, son no poco atrayentes, ya que las imitaciones algo burlescas aleccionan el entendimiento si se les aplica un sabio sentido del humor, tan lejano a los desabridos enconos y a las animadversiones resentidas.
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