Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
Albert Einstein decía que había dos formas de ver el mundo: una como si nada fuera un milagro y otra como si todo lo fuera. El coleccionista pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Vive pendiente del asombro. El coleccionismo siempre ha existido: sellos, postales, ropa. Hay incluso programas de televisión dedicados a los cazadores de tesoros, profesionales del hallazgo y la rareza. Creí que lo había visto todo, pero he descubierto una nueva rama del coleccionismo: el lujo como refugio financiero.
Hay lujos sonados, como los zapatos de Carrie Bradshaw o los coches de Cristiano Ronaldo. Excentricidades asumidas en la vida de los millonarios. Todos tienen en común algo: el placer de disfrutar aquello que se colecciona. Sin embargo, hay una nueva categoría que rompe los esquemas tradicionales de la inversión y de la afición. Lleva el nombre de una actriz y su diseño se inspira, según la leyenda, en una bolsa para el mareo del avión.
En ciudades como Londres, donde comprarse un piso es casi una quimera y la clase media vive cada vez más lejos del centro, el dinero busca otros refugios. Compradores de medio mundo han decidido apostar por la firma Hermès y, en particular, por sus bolsos. Medios económicos internacionales como el Financial Times o el New York Post han señalado que los modelos Birkin y Kelly se comportan hoy como auténticos valores refugio, comparables al oro por su escasez, su demanda constante y la solidez del mercado de reventa.
Lo más llamativo de este coleccionismo es la naturalidad con la que algunas madres dejan en herencia sus ahorros en formato de célebres cajas naranjas para que sus hijos las vendan en un mercado de segunda mano extraordinariamente rentable. Hay modelos de hace treinta años que hoy alcanzan precios equivalentes a los de un apartamento. Ya no se lleva el oro ni las joyas: cualquiera puede entrar en una joyería. Un Kelly, en cambio, es exclusivo. Listas de espera, acceso restringido y ningún canal de venta en línea.
Aquí aparece la paradoja final: invertir en algo bellísimo para no usarlo jamás. Un coleccionismo de no tocar, de no abrir, de no sacar a la luz. Un Birkin sin estrenar, guardado en su caja, es la memoria intacta de un deseo no vivido. Quizá ahí entendamos hasta qué punto hemos banalizado el consumo. La vida es demasiado corta para guardar un Kelly en el armario.
Parafraseando a Beyoncé: si me quieres, regálame un Birkin.
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