Notas al margen
David Fernández
Los mejores hace tiempo que se fueron
Las proclamas libertarias suelen estar ensalzadas por razón de los levantamientos y las revoluciones multitudinarias, si bien muchos de los movilizados no conozcan las auténticas razones de la insurrección o secunden, con casi devoto fervor, las soflamas de los iluminados e incuestionables líderes. Por eso, en el caso de las prohibiciones, aunque su objeto sea beneficioso o deseable, basta con que se prohíba para que se alce, contradictoriamente, otra revolucionaria prohibición: “Prohibido prohibir”. Además, si se prohíbe “no soñar”, o “no sorprender”, o “no jugar”, más que instar a que se sueñe, sorprenda o juegue, se induce a mantener, precisamente, lo prohibido. De suerte que se prefiera no soñar que tener sueños como resultado de una prohibición. El propósito revolucionario de libertad absoluta, la supresión de gobiernos y leyes, como secundaban muchos adalides de la Revolución Francesa, abrazado el ideario anarquista, rechazó las prohibiciones implantando, precisamente, otra mayor. Revoluciones aparte, el efecto de las prohibiciones, ya se ha dicho, más que inhibidor, es contestario, pues las disposiciones de la voluntad suelen ser contrarias al mandato de las imposiciones, obediencias también aparte. De modo que contar, por ejemplo, con posibilidades de diversión anima bastante más a divertirse que la arbitraria prohibición de no hacerlo, por buena intención que tenga.
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