La esquina
José Aguilar
Sísifo revive en la izquierda radical
Cuentan que escupió en la moqueta, displicente, antes de entrar en la sala. Una vez allí, tiró el sombrero a lo lejos. Se sentó y encaramó sus botas al escritorio. Durante las intervenciones de los europarlamentarios, recostado en su sillón, Mark Rutte se dedicó a observarlos con gesto asqueado. Cuando le tocó intervenir, se incorporó desganado. Les recordó con desprecio que serían incapaces de defenderse sin los Estados Unidos, que estarían obligados a gastar un dinero del que carecen, que no son nadie sin el paraguas nuclear norteamericano y que, a fin de cuentas, habían quedado reducidos a cascarilla de la historia. No cito palabras literales, pero sí la atmósfera despectiva de una intervención que escandalizó a todos los que se hicieron eco de la noticia.
Seguro que son bulos, aunque cuadre en el perfil de Mark Rutte, un político maleducado, altivo y perceptiblemente xenófobo. Mientras dedicaba gestos ambiguos al pasado colonial y al racismo en el mundo, su agencia tributaria concedía ayudas (o las denegaba), según el aspecto occidental (o no) de los solicitantes. Durante su largo mandato en los Países Bajos, de 2010 a 2024, mantuvo constante una mirada inquisidora y despreciativa hacia la Europa del Sur, a la que consideraba el ejemplo supremo de la incompetencia en todas sus manifestaciones. Por lo que preconizó privarla de ayudas europeas. Ese encono sin compasión no se detuvo ni frente a circunstancias extremas, como la Pandemia, durante la que insistió en excluir al Sur del apoyo de Bruselas. Todo ello, por descontado, lo ha manifestado de forma estentórea, como el brabucón de arrabal que insulta a todo el que se le cruza, con las manos en la hebilla del cinturón.
Ese nuevo gesto displicente y desaforado tan solo se suma a un listado extenso y, previsiblemente, inacabado. La maledicencia mediterránea parecer haber creado una leyenda conforme a la que, tras cumplir la misión encomendada en el parlamento europeo, tomará primero un avión hacia Estados Unidos y después un coche hasta Palm Beach. Allí, en Mar-a-Lago buscará a Trump para moverle el rabo y hacerle fiestas. Tras su consabido partido de golf, el magnate mandatario le dará alguna chuchería. Luego le tirará un hueso para que vaya a recogerlo y él volverá moviendo la cabeza ufano. Con esas historietas no es de extrañar que les tenga tanta inquina a los latinos.
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