Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
Las verdades relativas son verdades a la medida. Esto es, dependen de las situaciones, los momentos, las culturas o las personas, y, por esto último, resultan subjetivas. Afirmar, entonces, que “la tarta de chocolate es la mejor” expresa una sencilla verdad relativa, pues depende, en este caso, de quien la come o la prueba. De ahí la concomitancia entre las verdades relativas y las opiniones, ya que estas conllevan formular juicios o formar valoraciones respecto de alguien o de algo. Y, por su naturaleza, las propias opiniones son discutibles y pueden ponerse en cuestión. Luego, como muestra de contradicción, y por el carácter mudable de las opiniones, la noción de verdad relativa es eso mismo, una verdad cambiante, mudadiza, que no alcanza, precisamente, el carácter de verdad. A Albert Einstein suele atribuirse la paradoja de utilizar una verdad absoluta para afirmar que nada lo es: “Nada es absoluto, todo es relativo”, pues tan excelso físico, con su teoría de la relatividad, estableció que, si bien las leyes de la física son las mismas para todos los observadores, las mediciones del tiempo y el espacio cambian, al depender del marco de referencia del observador. Mas esta aseveración científica no tiene el carácter de las doctrinas filosóficas, entre las que se encuentra el relativismo para sostener que el conocimiento, la verdad o los valores dependen de quienes los tienen o formulan. Así, que pueden existir muchas opiniones sobre las mismas cosas es algo conocido y evidente, que no cabe negar. Si bien cuestión distinta es pensar que tan distintas o dispares opiniones son verdaderas justo porque a las personas que las formulan o las defienden les parecen, así es, verdaderas. Rige, entonces, el relativismo para afirmar la diversidad de maneras de entender o apreciar los hechos o las situaciones, por lo que ninguna de ellas es “verdadera”. Asunto que, además de a la verdad, se extiende a la moral, ya que no se acepta, en los postulados o planteamientos relativistas, la existencia de un “bien objetivo”. Y, como consecuencia, se aminora el carácter o la necesidad de la ética para alcanzarlo. Luego el relativismo moral hace subjetivas las normas personales sobre el bien y el mal, con las inoportunas consecuencias derivadas. En fin, allá por el siglo V a. C., el sofista Protágoras aseveraba que “El hombre es la medida de todas las cosas”, y, como los sabios clásicos, no se equivocaba con esa relativa verdad absoluta, sin contradicción ahora.
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