La tribuna

Miguel Galindo. Profesor de Lengua y Literatura

El viaje a Almería: Juan Goytisolo (II)

EN el tomo II de sus Obras (In)Completas (Narrativa y relatos de viaje, 1959-1965), registra la prehistoria de su interés  por la provincia a partir de los comentarios de los soldados durante sus prácticas como sargento de las Milicias Universitarias y la historia de la primera visita acompañado por Monique Lange.

Ambas narraciones se incluyen en Para vivir aquí, (envuelto en formato de ficción) concretamente el relato titulado «El viaje», dividido en nueve secciones, y el situado al final de la novela con el título «Aquí abajo» (17 capítulos). Cumplen una función de prólogo a los libros de viajes (Campos de Níjar, La Chanca y Pueblo en marcha). A manera de epílogo, incluye tres «Apéndices»: sobre Almería y sus viajeros, dos testimonios sobre La Chanca y un documento sobre población y emigración en Almería.

«El viaje» se sitúa en Garrucha, como centro epifánico (punto de partida y llegada), se detiene en la vida cotidiana de los personajes de la fonda y los baños en la extensa y solitaria playa. Cuando apenas llevan una semana, deciden descubrir nuevos lugares: «Durante quince días, recorrimos los pueblos de Almería y Granada -Albox, Purchena, Baza, Guadix- para bajar luego hacia la costa -Motril, Adra, Castell de Ferro, Almuñécar».

El trayecto de vuelta lo realizan en diferentes etapas. Primero descansan en Guadix y deciden continuar por la carretera de Almería. En Abla presencian el entierro de un niño; en Gádor se detienen para comprar unas gafas ahumadas, pues el sol espejeaba en el parabrisas y la conductora había estado a punto de despistarse. En el cruce de Benahadux tuercen por la nacional 340, «a través de un paisaje rocoso y desértico dejamos atrás Tabernas, Sorbas y Los Gallardos». Realizan una parada en Vera y pernoctan en la fonda de Garrucha. Unos días después la pareja retorna a Barcelona.

En el camino han quedado fragmentos líricos que recrean el paisaje almeriense y la vida cotidiana de sus habitantes: «El sol se había quitado tras las montañas y el cielo tenía un color rosado, casi de cromo. Acodados en la baranda, contemplamos la orilla desierta, la playa guijosa y parda. La brisa agitaba la superficie del mar e inventaba dibujos fugaces, como flores de espuma. Una nodriza venía por la acera rodeada de niños, y un camarero aguardaba en vano la clientela en la puerta de la heladería». Estamos al final del verano, «los faroles del muelle se reflejaban trémulamente en el mar, la luz verde de la baliza señalaba la entrada del puerto a las barcas».

En las páginas finales de Coto vedado vuelve a rememorar el primer viaje con Monique de la siguiente manera: «Los reclutas (...) te hablaban con tosquedad y emoción de sus pueblos: Mazarrón, Águilas, Totana, Pulpí, Huercal Overa, Garrucha, Lubrín, Níjar, Carboneras... el relato de su vida en ellos, de su belleza y atraso, te conmovió». Juan le propone a Monique pasar sus vacaciones recorriendo en autocar los pueblos costeros de Murcia y Almería. Desde entonces, así se cierra este memorial, «la imagen de un paisaje cautivo y radiante cuyo poder de atracción desvía tu brújula y la imanta a la atormentada configuración de ramblas, estepas y montes serán la causa de una conjunción imprevista y feraz: sujeto y motivo de nostalgia, proyección compensatoria de una patria frustrada, atisbo, vislumbre, presentimiento de un mundo todavía quimérico pero presente ya en tu espíritu en su muda, acechante proximidad».

Durante el largo periodo de exilio sin visitar Almería (1960-1976), viaja sobre todo por Europa, Estados Unidos y descubre la ciudad de Tánger, donde se instala esporádicamente. De su primera visita a la URSS recuerda la conversación con otros emigrados españoles sobre cuál es su paisaje preferido; Juan les contesta que su paisaje-refugio es el desierto. Uno de ellos, lector de Campos de Níjar, Dionisio, le responde que Juan se ha convertido en «un incorregible ejemplar de almeriense». Estamos en 1965.

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