la tribuna

Antídotos en hojas

Antídotos en hojas
D.A.
Ricardo Lebrón Aguilar
- Investigador Postdoctoral De Genética Cc Experimentales Ual

El antídoto aparece en mitos, novelas y películas como un gesto casi mágico: una hoja machacada, una pócima, un frasco que se rompe a tiempo. En la práctica, el término «antídoto» es amplio. Incluye desde fármacos que bloquean receptores hasta terapias de anticuerpos. En el caso de las mordeduras de serpiente, el antídoto por excelencia es el antiveneno: proteínas que se unen a las toxinas del veneno mientras circulan por la sangre y los tejidos. Por eso, su mayor beneficio se decide en horas, no en épica: cuanto antes se neutraliza lo que aún está libre, menos margen tiene el daño para consolidarse.

La Organización Mundial de la Salud considera el envenenamiento por mordedura de serpiente una enfermedad tropical desatendida. No por exotismo, sino porque sigue afectando a millones de personas cada año, sobre todo en zonas rurales donde la asistencia sanitaria llega tarde o no llega. A esa desigualdad se añaden también barreras menos visibles: sueros caros, centros de salud lejanos, falta de información para reconocer la gravedad, desconfianza ante tratamientos desconocidos y, a veces, la simple ausencia del antiveneno cuando más se necesita.

El antiveneno clásico se fabrica, en esencia, entrenando el sistema inmunitario de un animal. Se inmuniza normalmente a caballos u ovejas con dosis controladas de veneno, se recoge su plasma y se purifican anticuerpos policlonales; pueden ser completos o fragmentos, capaces de reconocer varias toxinas a la vez y neutralizarlas. Este enfoque ha salvado incontables vidas, pero tiene límites. Los venenos son mezclas complejas de enzimas y péptidos y varían entre especies, regiones e incluso etapas de vida. Así, un suero eficaz en un lugar puede ser mediocre en otro. Además, producirlo exige instalaciones especializadas, controles de calidad rigurosos y una cadena de frío que no siempre encaja con climas cálidos, cortes eléctricos y rutas largas. El mercado, además, suele estar fragmentado: la demanda es irregular, los incentivos para invertir en nuevas formulaciones no siempre acompañan y eso favorece la escasez. Y, al ser proteínas de origen animal, pueden aparecer reacciones adversas que obligan a un uso clínico cuidadoso.

Aquí entra la biotecnología vegetal con una idea tan sencilla como poderosa: convertir a las plantas en biofactorías. Mediante «agricultura molecular», se introduce de forma transitoria la información genética necesaria para que especies como Nicotiana benthamiana (pariente australiano del tabaco) fabriquen anticuerpos recombinantes u otras proteínas diseñadas para neutralizar toxinas concretas. En la práctica, se infiltra la hoja con una suspensión que porta el mensaje genético y, durante unos días, la planta actúa como fábrica temporal de la proteína. Después, se extraen y purifican como cualquier medicamento biológico. La ventaja es doble: se puede definir la composición con precisión, combinar moléculas en cócteles conocidos y reaccionar con rapidez si falla el suministro o si una región necesita una formulación mejor ajustada. También se reduce la dependencia de grandes cabañas animales inmunizadas y se facilita una fabricación más distribuida, siempre en instalaciones controladas.

La promesa, sin embargo, no elimina los deberes: estabilidad, validación, ensayos clínicos, trazabilidad y marcos regulatorios exigentes. En Europa, además, la conversación sobre biotecnología vegetal sigue atravesada por un debate social intenso; si se quiere que una innovación no se confunda con un atajo, hará falta comunicar con rigor y explicar por qué «en plantas» no significa «artesanal», sino industrial y auditable. Conviene recordar que el problema no es solo técnico. Entre el camino y la nevera del hospital se decide quién llega a tiempo. Producir antitoxinas en plantas podría abaratar y diversificar la fabricación, acercarla a regiones dependientes de importaciones escasas y mejorar la resiliencia ante interrupciones. Pero el impacto real exigirá inversión sostenida, alianzas entre centros públicos y empresas, transferencia de tecnología y estrategias de distribución pensadas para el terreno: formación, protocolos claros, transporte y disponibilidad continua. No se trata de vender hojas milagrosas, sino de ampliar, con rigor, el repertorio terapéutico frente al veneno.

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