Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Silencio en Adamuz
Horror! ¡pánico! ¡terror! Corren ríos de tinta, rabia e indignación. El sector más retrógrado del mundo educativo se encuentra fuerte, rearmado, ávido de venganza. El mensaje es claro: algunas de las propuestas más conocidas, innovadoras y en boga en educación, al parecer, NO TIENEN AVAL DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA NEUROCIENCIA. ¡Qué fuerte! Nunca debimos dejar de usar la regla y las rodillas contra la pared.
Muchos neurocientíficos (los de verdad, los de bata, bisturí y laboratorio) ya habían avisado de que no se podían trasladar alegremente los conocimientos a educación, pero en un mundo obsesionado con las ciencias experimentales, donde lo único válido es lo que se puede demostrar en una probeta, es muy fácil construir un vellocino de oro que todo el mundo adore. Es mucho más fácil esto que enfrentarse con las necesidades de 30 alumnos y alumnas en un aula, en un contexto que a veces es favorable y otras veces complicado, con familias a veces muy desfavorecidas, con todo tipo de motivaciones y preferencias. Poco tiene esto que ver con las ciencias experimentales, entre otras cosas porque ningún grupo real puede estudiarse como ratones de laboratorio.
Y hay más. Mucho más. Aún suponiendo que la neurociencia diera con la píldora definitiva para el aprendizaje, siempre estará por encima el «qué» y sobre todo el «para qué». ¿Por qué el alumnado de esta u otra edad tiene que aprender este contenido y no otro? ¿qué tipo de aprendizajes, habilidades y valores queremos que aprendan? ¿el individualismo, la competitividad, ser muy buenos obreros obedientes? ¿o preferimos personas críticas, democráticas? Y también el «dónde» y el «cómo»: ¿es igual el barrio más desfavorecido de la ciudad que en un pueblo pequeño y aislado, remoto? ¿es igual en un lugar con muchas personas de distintas nacionalidades que otro con familias de clase media-alta, con titulación superior? ¿funciona y reacciona igual el cerebro en grupos de 30 alumnos y alumnas sea cual sea su perfil?
Hay ciertas cosas (no demasiadas) que funcionan en todos los contextos, pero éstas no tienen nada que ver con la neurociencia, sino con la pedagogía, que apoyada a veces por la sociología, otras por la psicología u otras disciplinas, sabe muy bien qué hacer, desde hace mucho. Cambiemos el foco. Vamos a lo importante. No caigamos en las redes de la pseudociencia cubierta de experimentalismo. Recordemos las preguntas clave: «¿dónde se ha aplicado? ¿con qué resultado?». Lo demás, es humo.
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