Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Silencio en Adamuz
Blanco impasible, aséptico y clorado de un área de observación de Urgencias. Zozobra temporal enardecida por el grifo mal cerrado del gotero. Mesas de mayo, carros médicos, vitrinas con pertrechos quirúrgicos y materiales sanitarios, gélidas lámparas de examen, manchas de humedad con presunción de test de Rorschach. Mientras un inmaculado jovenzuelo del MIR monitoriza nerviosamente coreografías en el Tik Tok de su celular no viendo el momento de que por fin le releven de una guardia de 24 horas que se le antojan 24 décadas cuando no 24 siglos, no lejos de él despierta la mona un corpachón tumbado en posición fetal, que, contra lo que reza en su pulsera identificativa: Dionisio Cabezudo Salvatierra, se arroga a grito pelado la identidad mítica de don Carnal. Acunado todavía por Morfeo, el paciente se despereza bajo la sábana, se incorpora en la quejumbrosa camilla de tijera y farfulla un desquiciante soliloquio pausado de regüeldos y ventosidades.
«Compadre, quiero morir decentemente en la tasca. Con golfas, si puede ser, bujarrones y macarras. Ah, de la barra. Eh, mozo, sí, tú, figurín de bata blanca, deja ese trampantojo de bolsillo y sirve a don Carnal una pinta de palo seco en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco. ¿Que nones? ¿Y un jeringazo de orujo blanco en esa bolsa mediada de suero? Enróllate, macho, apenas se notaría. Mira, garzón, que te lo suplico in artículo mortis. Vengo muy malherido ¿sabes? ¿De la Cuaresma? No disparates. Esa escuchimizada de ojos amoratados no tiene ovarios para tocarme un solo pelo del escroto. Aunque esté más para allá que para acá, sabe que sin mí no podría existir y jamás se le ocurriría tirar piedras sobre su propio tejado. A mí lo que me ha yugulado ha sido la añagaza liberal gracias a la cual cada quisque ha acabado identificándose con la máscara que la sociedad le ha encasquetado desde la niñez y la consecuente desaparición total de esa informe masa humana a la que aludíamos con el nombre de pueblo, forzando mucho la palabra. Por mor de la industria cultural, el otrora diluvio carnavalesco que anegaba la ciudad entera con sus calles y sus casas hoy no es más que un canalillo de comparsas que compiten por un premio y una atarjea de infantes ataviados con disfraces del chino que en vano quieren granjearse la atención de unos espectadores que procuran recatar el bostezo con una sonrisa disecada. ¿Y un chupito de tequila?»
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