La tribuna

Firmar la paz

Firmar la paz

Doctor En Derecho Y Periodista

Hubo un tiempo no tan lejano que los dos grandes partidos que representaban el sentir mayoritario de la sociedad española entendían que la política no era una trinchera sino un puente de entendimiento. Aquel tiempo no fue idílico, pero fue fecundo y logró el mayor periodo de paz y prosperidad de nuestra reciente historia. Socialistas y centristas primero, socialistas y populares después, se alternaban en el poder con naturalidad democrática, aceptando la legitimidad del adversario y reconociendo que España estaba por encima de cualquier sigla.

No fue una Arcadia feliz. Hubo errores, corrupción, tensiones territoriales y crisis económicas. Pero también hubo sentido de Estado. Adolfo Suarez, Felipe González y José María Aznar, con distintos proyectos, comprendieron que la estabilidad institucional era un bien superior. Se discutía con acritud y también con inteligencia que condujo al consenso; los Pactos de la Moncloa permitieron reformas estructurales hacia un futuro mejor, se respetaron las reglas del juego y nadie puso en cuestión la arquitectura constitucional que nos dimos en 1978.Conviene releer aquel espíritu que inspiró a la generación de la Transición. Con palabras de Ortega y Gasset, “la convivencia es la suprema obra de la cultura”, este fue el lema de Suarez. Y convivir exige aceptar que el adversario ideológico puede gobernar sin que por ello se hunda el mundo. Durante décadas, el Partido Socialista y la derecha democrática, la antigua Alianza Popular y después el Partido Popular, se sucedieron pacíficamente. Esa alternancia era la prueba de que España había alcanzado la madurez política que tanto le había sido negada en el pasado.

Hemos de lamentar que el Congreso de los Diputados se haya convertido en una corrala de gestos grotescos, insultos y descalificaciones personales carentes de argumentos, se teatraliza y se vocifera más de lo que se legisla. Las sesiones de control son combates sobrados de mediocridad verbal y de consignas que sustituyen a la razón. Aquel hemiciclo que vio debatir a Peces-Barba con Herrero de Miñón y Alfonso Guerra con Manuel Fraga es ahora una caricatura estrafalaria de sí mismo. A esto hay que añadir un fenómeno inquietante; la banalización del fascismo como arma arrojadiza. La izquierda más radical, instalada en la retórica del miedo, ha decidido que todo votante que no les respalde es sospechoso de fascismo. Si en Extremadura o en Aragón un alto porcentaje de ciudadanos no vota a las izquierdas, no lo asumen como un error propio, sino la supuesta amenaza de un “fascismo” rugiente. Lo advirtió Hannah Arendt; cuando se vacían las palabras de su significado, se empobrece la política. Un joven diputado charnego, de raíces andaluzas y reconvertido en separatista profesional, ahora se ha remasterizado como líder unitario de las izquierdas hispanas repitiendo la gastada consigna; “hay que parar el fascismo”. ¿Dónde están esas legiones fascistas? El charnego trajeado podría preguntar a sus compañeros de coalición parlamentaria por las vidas segadas de 829 españoles asesinados por sus “compadres” terroristas. Eso es una realidad doliente. Y otra realidad es que en España hay millones de ciudadanos normales que votan a partidos de derecha liberal o incluso de derecha más radical, sin por ello abrazar ninguna nostalgia totalitaria. Como ocurre en Italia, Francia, Alemania o Suecia. Demonizar a media España es una torpeza política y una injusticia moral. Gobernar infundiendo temor al adversario no procura la convivencia, construye muros y trincheras.

España necesita que los dos grandes partidos; PSOE y PP firmen, si no un pacto formal, sí al menos una tregua moral. Urge recuperar el respeto institucional, alejarse del lenguaje incendiario y volver a considerar posible el acuerdo en materias esenciales; financiación autonómica, política exterior, inmigración, defensa, educación, regeneración institucional, etc. Alemania ha demostrado que la gran coalición no es una herejía democrática sino una expresión de madurez cuando el interés general lo exige. Aquí, en cambio, cualquier gesto de aproximación se interpreta como traición. Se ha sustituido el diálogo por la sospecha y la discrepancia por la descalificación. La democracia se fundamenta en la alternancia política. Lo normal es que haya discrepancia y que los votantes de derecha, por el hecho de serlo no sean fascistas y los de izquierda no sean bolcheviques. La responsabilidad de estos grandes partidos es la normalización de la vida pública. Lo anormal es convertir cada debate en una guerra civil dialéctica. Habrán de ser capaces de restaurar ese mínimo común denominador, ante el riesgo evidente de que la política se degrade hasta convertirse en un espectáculo de resentimientos. Y cuando la política se degrada, la democracia se debilita. No por un golpe de Estado, sino por agotamiento moral.

España ya demostró que podía reconciliarse consigo misma. Lo hizo tras una dictadura, con heridas abiertas y desconfianzas profundas. También podría ser capaz ahora de recuperar la convivencia más allá de la pulsión política. La paz política no es una concesión al adversario; es un deber hacia los ciudadanos.

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