Plaza Vieja
Llenar de vida el Casco Histórico de Almería
El todavía portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso, Gabriel Rufián, se ha ofrecido a liderar una coalición de todas las izquierdas españolas y nacionalistas más allá del PSOE para hacer frente al auge de PP y Vox. Es para carcajearse, pero ya algunas de las fuerzas llamadas al proyecto (Bildu, Más Madrid) se han apresurado a rechazarlo. Ni la propia ERC respalda la extravagante idea.
Rufián es un personaje singular. Es uno de los tres políticos más detestados por los españoles (los otros dos son Otegi y Puigdemont), pero se ha venido arriba y ha visto multiplicar su ya formidable vanidad desde que los periodistas parlamentarios le eligieron mejor orador del Congreso confundiendo la grosería, falta de respeto y teatralidad con elocuencia y desde que el presidente del CIS –otro de enorme credibilidad, como es sabido– lo colocó como el cuarto líder mejor valorado por los españoles para presidir el Gobierno (el 6,7% obtuvo en la encuesta). Se maneja muy bien en las redes sociales.
Se vino tan arriba, ya digo, que quiere encabezar la resistencia de todos los izquierdistas del Estado español unidos bajo su liderazgo a la amenaza de la derecha y la ultraderecha. Dice que tiene miedo a lo que viene: “ilegalizaciones, encarcelamientos, cierres de medios de comunicación, imputaciones a periodistas que no sean de la cuerda”. Lo dice uno de los políticos que más trabajó por aquella declaración de independencia de pitiminí que intentaba privar de sus derechos políticos a los ciudadanos españoles. Se siente cómodo ofreciéndose para representar a los trabajadores de Algeciras sin renegar de su condición de independentista catalán y ni se le pasa por la cabeza preguntarse si los trabajadores de Algeciras llevarían con su votos al Congreso a un individuo cuyo programa electoral persigue empobrecer a España y reducir la financiación de su Seguridad Social y sus pensiones. Como buen narcisista, Rufián es patológicamente autorreferencial: le preocupa su comodidad ante el cambio de chaqueta propio, sea o no sincero, no la de aquellos a los que ahora se ofrece a representar.
Lo único que creo auténtico en el actual discurso de Rufián es su miedo. Sí, tiene miedo, pero no a Vox y al PP, sino a que en ERC se consume su falta de confianza en él y no lo presenten más a las elecciones, y a tener que buscarse por fin un trabajo fuera de la política. Qué susto.
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