Las imágenes que nos llegan de Irán son estremecedoras; mujeres y jóvenes arriesgan la vida clamando por la libertad. El régimen de los ayatolás reprime con saña cualquier atisbo de pensamiento disidente y aquí, en este peculiar país, sorprende e indigna el espeso silencio de la izquierda española. Frente a un régimen que ordena los ahorcamientos públicos, las mutilaciones de homosexuales o el sometimiento de la mujer como práctica cotidiana en España no hay voces, ni manifestaciones, ni artículos vibrantes de esos intelectuales progresistas que tanto alardean de conciencia crítica cuando el enemigo es Occidente. Del gobierno y sus socios puede esperarse algo así
Las interrogantes reclaman alguna explicación; ¿qué lazos, qué oscuros intereses, qué rémoras ideológicas mantienen atada a la izquierda española con las dictaduras más oscuras del planeta? ¿Qué extraña moral les asiste para denunciar con vehemencia los defectos de las democracias liberales mientras guardan silencio , incluso simpatía, ante regímenes que instauran el terror como forma de gobierno? Una posible respuesta, George Orwell; “Los que claman por libertad en Occidente, no la desean en absoluto en Oriente”. Es un síntoma de la podredumbre ideológica de esa izquierda que mientras vitupera con rabia las imperfecciones de las democracias liberales, se muestra comprensiva, e incluso solidaria, con las dictaduras de Caracas, Managua o Teherán. Este fenómeno no es nuevo. Viene de lejos. Desde los días de la Guerra Fría, cuando buena parte de la izquierda europea justificaba el Gulag soviético como un “mal necesario” o una “desviación del socialismo real”. Aquí, en España, se cultivó un romanticismo revolucionario que veía en Castro, en el sanguinario Che Guevara, en Chávez o en Maduro o cualquier otro tirano con boina y fusil, la encarnación del pueblo oprimido. A falta de libertad, exaltaban la “soberanía”. A falta de democracia, hablaban de “proceso popular”. A falta de dignidad, vendían épica revolucionaria.
Y ahora, cuando el mundo asiste a la barbarie del régimen iraní, al cinismo criminal de Ortega en Nicaragua, o al desmoronamiento institucional de Venezuela, nuestros paladines del “progresismo” se encogen de hombros o callan. El silencio ante el horror es la forma más miserable de complicidad. Pero no es solo ideología lo que alimenta ese silencio. También hay dinero. Hay intereses. Hay conexiones políticas, financieras y mediáticas que han sido minuciosamente construidas durante años. En 2019, el régimen de Irán financió campañas de propaganda en medios vinculados a la izquierda española. Según diversas investigaciones periodísticas y declaraciones judiciales, varios portales “alternativos” esos que presumen de independencia y transparencia habrían recibido fondos opacos provenientes de instituciones iraníes. El régimen de Teherán que ahorca a homosexuales y lapida a mujeres adúlteras, que encarcela a estudiantes por no cubrirse el cabello, subvenciona tertulias y narrativas de “resistencia” y “antimperialismo”.
En este clima moralmente corrupto, la izquierda española ha perdido cualquier atisbo de autoridad ética. Ya no pueden dar lecciones de derechos humanos ni de solidaridad. Porque ante las víctimas de esas dictaduras, callan. Ante los torturados, se encogen. Ante los muertos, miran hacia otro lado. Su silencio es el ruido de su vergüenza, un alarde de hipocresía. Son los mismos que condenan el “neoliberalismo opresor”, los que se manifiestan cómodamente por los derechos de las mujeres , los que se rasgan las vestiduras por cualquier tuit “machista”, o el beso de Rubiales y al mismo tiempo, callan ante la opresión estructural de millones de mujeres sometidas por el islamismo radical. Callan ante la lapidación, el velo obligatorio, la segregación, la esclavitud sexual y la invisibilización legal y moral de la mujer como si los derechos humanos fuesen selectivos. Como si la dignidad tuviera geografía.
Pero no es solo Irán. En Venezuela, donde el chavismo ha arruinado un país con las mayores reservas petroleras del mundo, hambre y represión , opositores torturados en los sótanos de la inteligencia militar. En Nicaragua Ortega, el revolucionario decrépito, ha clausurado universidades, cerrado medios y convertido el país en una cárcel de disidentes. Ante esta realidad ¿quién alza la voz desde la izquierda española? Nadie. Porque muchos de ellos comparten el mismo ADN ideológico. Porque en el fondo, admiran al tirano, desprecian la libertad y detestan al ciudadano libre que no necesita de su tutela paternalista. Esta izquierda no se define ya por una ideología, sino por un reflejo tribal. No le importa la verdad, ni la justicia, ni la libertad, le importa el poder y se ha convertido en una caricatura de lo que un día fue la izquierda europea; racional, democrática, reformista. Lo que queda es un amasijo de dogmas rotos, intereses opacos y una impostura ética que la retrata ante la sociedad.
Cabe imaginar que en algún momento la izquierda tendrá que rendir cuentas ante la Historia por su silencio. Callar ante el horror es traicionar a la humanidad. Y la izquierda, conscientemente, ha firmado esa traición.