“Vine en patera y hoy doy trabajo en Almería”: cómo Adama Faye cambió su destino
Llegó a Almería tras 21 días en el mar, perdió el sueño de ser futbolista y hoy dirige una empresa con 20 trabajadores
Almería supera por primera vez en su historia la barrera de 85.000 trabajadores extranjeros
Hay historias que no empiezan con una idea de negocio, sino con una decisión extrema. La de Adama Faye empieza en el mar, en una patera, con el tiempo en contra y sin saber si al final del trayecto habría tierra o solo agua.
Adama nació en Senegal y creció, como tantos otros, con un balón cerca y un sueño muy concreto: ser futbolista. Durante años no pensó en otra cosa. Cuando decidió venir a España lo hizo con esa idea en la cabeza, convencido de que aquí podía intentarlo. Él mismo lo dice sin rodeos: “Mi sueño era el fútbol. Yo venía por eso”.
El viaje que lo cambió todo
El viaje duró 21 días. No como una cifra simbólica, sino como una experiencia real y prolongada. Durante 12 de esos días la patera estuvo completamente parada, sin avanzar, esperando a que el mar se calmara. El motor no respondía y no había margen para decidir nada. “Estuvimos doce días parados, sin movernos”, recuerda. Doce días mirando el mismo horizonte, sin saber si se llegaría o no. En ese punto, el futuro deja de existir y todo se reduce a aguantar.
Cuando por fin pisan tierra, el cuerpo llega antes que la cabeza. Adama pasa primero por Murcia y después se queda en Almería. Lo resume con pocas palabras, como quien no necesita adornos: “Yo llegué en 2006. Vine en patera. Fue muy duro”. No tenía papeles, no tenía familia aquí y no había nadie esperándolo. “Cuando llegué aquí no tenía a nadie. Tenía que buscarme la vida solo”.
El sueño del fútbol y la lesión
Nada más llegar intenta agarrarse a lo único que conocía. Empieza a jugar al fútbol en equipos locales, entrena, compite y se mueve con la esperanza de que algo salga. Cree que si juega bien puede tener una oportunidad. En esos primeros años también empieza a integrarse casi sin darse cuenta: juega con distintos equipos, hace amigos y llega incluso a jugar partidos con guardias civiles, algo que con el tiempo entiende que fue clave para sentirse aceptado desde el principio.
Pero el cuerpo vuelve a decidir por él. En un partido en San Isidro se rompe la rodilla. La lesión es grave y llega en el peor momento posible, cuando todo está aún por construir. Lo operan en la sanidad pública. Adama no lo olvida y lo subraya: “Me operaron por la seguridad social. Yo no pedí ayuda a nadie”. La intervención le salva la pierna, pero no el sueño. La rodilla ya no vuelve a ser la misma y el fútbol se termina ahí. Años después lo dice con calma, sin victimismo: “Mi sueño era el fútbol, pero no pudo ser”.
Aprender a trabajar desde abajo
Ese momento marca un antes y un después. No hay discursos ni grandes decisiones, solo una realidad que se impone. Toca seguir. Empieza a trabajar en invernaderos, en los trabajos más duros. Jornadas largas, calor, cansancio físico. “Era muy duro, pero había que trabajar”, explica. Durante un tiempo incluso vende cosas en el mercado para poder pagar el alquiler. Todo vale para salir adelante.
Con el tiempo consigue regularizar su situación. Ese papel lo cambia todo. Pasa por almacenes y después llega la obra. Ahí descubre algo distinto: un oficio. Aprende desde abajo, mirando y repitiendo, hasta especializarse en fontanería y saneamiento. “Mi experiencia era en fontanería. Eso era lo que yo hacía en la obra”, explica. Durante años trabaja para distintas empresas en Almería, sin prisa, acumulando experiencia y entendiendo cómo funciona el sector.
De autónomo a empresa
Hasta que un día decide probar por su cuenta. Se hace autónomo y empieza trabajando solo, cogiendo pequeños encargos. Más adelante, una empresa le pide gente. Luego otra. “Me pedían personas y yo las iba metiendo”, cuenta. Así empieza a crecer, poco a poco, sin grandes saltos, casi sin darse cuenta de que ya está montando algo más grande.
La llamada relacionada con las obras del AVE marca el punto de inflexión. Le piden un grupo importante de trabajadores y decide asumir el riesgo. A partir de ahí el trabajo no se detiene. Hoy Adama dirige ADF Obra Civil SL, una empresa dedicada a la organización de obra civil.
La escena actual es la avenida Mediterráneo. Allí están él y su gente, colocando losas bajo el sol. Su empresa se encarga de la organización de obra: losas, bordillos, saneamiento, fontanería, arquetas y encofrados. Parte del equipo trabaja también en Carboneras y en el entorno del AVE, en muros y estructuras. Hay varias empresas en la zona, cada una con su parte, pero la suya avanza según lo previsto. “Las obras van bien. Hay prisas, pero estamos controlados”, explica mientras señala el terreno ya terminado y el que queda por hacer: Los Molinos, la rotonda grande, la estación, los pasos de emergencia, el mármol y los centímetros exactos por donde pasará el tren.
Dar oportunidades a otros
Hoy ADF Obra Civil SL cuenta con 20 trabajadores. No dirige desde un despacho. Adama está en la obra, se implica y da ejemplo. Dice que trabaja más que sus empleados, no como reproche, sino como forma de entender el liderazgo. Se define como exigente y fuerte mentalmente, pero cercano. Cree que el respeto se gana trabajando.
La mayoría de sus trabajadores son inmigrantes africanos, muchos de ellos senegaleses como él. No es casualidad. “Yo sé lo que es llegar sin nada”, repite. Por eso contrata, regulariza y paga seguros sociales. Para él no es un trámite administrativo, es una cuestión de dignidad. También agradece públicamente a quienes lo ayudaron en el camino, especialmente al gestor que le llevó los papeles cuando no sabía ni por dónde empezar. “Sin esa ayuda, todo habría sido mucho más difícil”, reconoce.
Durante años ayudó a su familia en Senegal con gran parte de su salario. Su madre murió en 2005, antes de que él emigrara. Su padre y sus hermanos siguen allí. Ayudarlos nunca fue una opción: fue siempre una responsabilidad asumida.
Almería como hogar y un mensaje final
Habla de Almería con una cercanía tranquila. Dice que desde el primer momento se sintió bien tratado. Jugó al fútbol, hizo amigos, se mezcló y decidió integrarse desde el primer día. Cree que eso marcó la diferencia. Cuando alguien le comenta que tiene acento almeriense, se ríe. No lo discute. “Claro, yo soy de Almería”, responde. Vive en la capital y ha comprado su casa. Lo dice sin alardes, con la calma de quien ha pasado mucho para llegar ahí. Durante la pandemia se fue a Francia a trabajar, probó fuera, pero volvió. “Me gusta vivir aquí. Aquí está mi vida”.
Cuando habla de inmigración, el tono cambia. Recuerda el mar y a los que no llegaron. Insiste en que nadie debería verse obligado a subirse a una patera sin saber si va a llegar vivo. Lanza un mensaje claro: cree que los gobiernos deberían ponerse de acuerdo para que los trabajadores puedan venir con contratos en origen, con papeles y con seguridad. Dice que hay trabajo, que hay sectores que necesitan mano de obra y que existen alternativas a jugarse la vida en el mar.
Al final, también lanza un mensaje directo a las administraciones. Explica que su empresa está preparada para seguir creciendo, para asumir más obra y para contratar a más gente si llega el trabajo. Dice que, si se les sigue dando oportunidades, pueden seguir creando empleo y aportando. “Si crecemos nosotros, trabaja más gente”, resume.
La peor experiencia no fue el mar. En Almería, dice, siempre se ha sentido bien tratado. Hubo momentos duros, sobre todo cuando estuvo lesionado y vulnerable, pero nunca sintió rechazo como norma, sino apoyo y respeto. Nunca pidió ayudas. Siempre trabajó, cotizó y siguió adelante.
La mejor experiencia es haber cambiado de sueño sin perder la dignidad. No ser futbolista, pero sí empresario. No marcar goles, pero abrir puertas. La historia de Adama Faye empieza con una patera parada doce días en el mar y continúa hoy, a pie de obra, al frente de ADF Obra Civil SL, rodeado de gente que trabaja porque alguien, una vez, decidió darles una oportunidad real.
Temas relacionados
No hay comentarios