Esta isla es un tesoro
Esta pequeña extensión de tierra entre dos continentes posee una gran biodiversidad y un cúmulo de historias que se mezclan con mitos
El día del amor y la cultura popular
A medio camino entre Europa y África, en un lugar perdido en mitad de la nada, una minúscula mancha terrosa rompe la monotonía azul del Mediterráneo. Se encuentra situada en la región suroccidental mediterránea. El Cabo Tres Forcas, próximo a Melilla, a 29 millas, más cerca de Marruecos, que del municipio de Adra a 65 millas. Su nombre es Alborán. Un trozo de tierra española arrancado del continente, 90.000 metros cuadrados de roca volcánica y acumulación masiva de excrementos de aves marinas. Un trozo de tierra sin cultivo alguno, de contorno en forma de pera de 642 metros la zona más larga, 265 de anchura máxima y 16 metros de altura máxima en los acantilados. Un pequeño cementerio con tres tumbas en un extremo. Una, sin lápida, pertenece al piloto alemán G. Schreiner que, habiendo sido derribado (1943), fue arrastrado por las corrientes. En las otras dos se pueden leer los nombres de Isabel Espinosa Heras y de Antonia Fernández de Somavilla. Son la suegra de un farero y la mujer de otro, fallecidas en 1910 y 1920. Un helipuerto y unos barracones rompen la monotonía de este solar expuesto a los cuatro vientos. En 1859 se decidió construir un faro, que se encendió por primera vez diecisiete años después. Contaba con una plantilla de cuatro torreros. Desde ese momento su luz ha tenido varias adaptaciones a los nuevos sistemas. En 1915 se terminó la instalación de un sistema de petróleo por incandescencia, que permitía un alcance de 23 millas sin brumas, ni bajas nieblas. En 1936 se automatizó con un sistema de acetileno y en 1984 se electrificó. Actualmente funciona con energía solar.
En Alborán no hay agricultura. No hay árboles ni agua potable ni crecen las plantas que años atrás intentaron cultivar. El enrojecido suelo está cubierto de una vegetación parda y triste: yerma para los ojos del profano, fabulosa para la mirada del botánico. Y su contorno marino es una mina para los ojos del pescador. Sus cálidas aguas mediterráneas con una marcada influencia de las corrientes venidas del Atlántico, sostienen una elevada biodiversidad y una gran riqueza pesquera. Sus fondos, cubiertos de magníficas praderas de algas laminarias y yacimientos de coral, tienen un importante valor ecológico.
Cuentan los marineros leyendas fabulosas de piratas y bucaneros. Al parecer, el corsario tunecino Mustafá ben Yusuf el Magmuz ed Din, Al Borani, instaló su base de operaciones en la isla. Al Borani significa en turco tempestad o tormenta. También es el nombre de un plato tradicional de la cocina árabe. El 9 de mayo de 1884, por disposición del rey Alfonso XII, la isla se asigna a la provincia de Almería. Años más tarde, al finalizar la Guerra Civil, un ligero destacamento de Infantería de Marina la ocupó. La desalojaron en 1963, y la volvieron a ocupar 4 años más tarde. En septiembre de 1997 se reactiva la presencia de un destacamento que pretende ejercer la soberanía española en la isla, teniendo como misión específica mantener un servicio de vigilancia del tráfico marítimo y aéreo en los accesos orientales del Estrecho de Gibraltar, mantener las instalaciones y vigilar que no se cometan delitos ecológicos.
El destacamento del Ejército español en esta tierra de nadie o el “censo” de habitantes es de 12 robinsones. A los mandos de un capitán están, un cabo de Infantería de Marina, un subteniente, un cabo primero de la zona marítima del Estrecho, cuatro soldados del Tercio Sur de Infantería de Marina y otros cuatro marineros destinados en la zona marítima del Estrecho.
En Alborán amanece dos veces. La primera, cuando sale el sol, se despiertan las gaviotas, y los acantilados se convierten en un manicomio. El ronco bramido de las olas y el debatir de las alas inundan de sonidos la isla. Las aves cubren el cielo con sus alas y bombardean el suelo con sus encaladas defecaciones matutinas (guano).
La segunda, cuando el reloj marca las ocho en punto, y la bandera española es izada. Soldados y mandos llevan media hora levantados. Alborán, territorio español, comienza a ser vivida por seres humanos.
La bandera apenas dura una semana. El viento la desgarra. Los soldados aguantan el doble. Dos semanas. Catorce días en los que tienen tiempo para limpiar, trabajar, hacer deporte, nadar y, sobre todo, para pensar. "No conviene que permanezcan más tiempo en este reemplazo", afirma uno de los mandos mirando los cortados de afilada roca, "porque es el lugar perfecto para que a alguno que tenga un problema se le ocurra una tontería". El viento cambia constantemente en esta esquina del mundo. Hoy luce el sol. Mañana amanece con un levante de 30 nudos. Tienen una televisión, un equipo de música y una breve biblioteca. "Bebemos mucha agua mineral, es nuestro único lujo", dicen los soldados, para que todo el mundo sepa que aquí no hay bar.
El módulo prefabricado donde viven es un lugar acogedor, con una habitación para nueve soldados, tres cuartos individuales para los mandos, una enfermería con dos camas, un comedor, una sala de televisión, una despensa, un almacén-armero…y una gran cocina. "Ésta es la zona más importante". "Y éstos son los hombres más importantes de la isla, dos monstruos", continúa la broma, señalando a los dos cocineros.
Los mandos se esfuerzan para que la jornada de los soldados resulte variada y entretenida. "El aburrimiento es nuestro peor enemigo", confiesan. Durante una mañana normal limpian y acondicionan el módulo en el que viven, realizan tareas de mantenimiento en la isla, hacen gimnasia ("adiestramiento físico militar", dicen), comen y duermen la siesta.
Los musulmanes la bautizaron como «Ombligo de mar» y se cree que debe su nombre al corsario tunecimno Al-Borani, que solía refugiarse en la isla, donde la leyenda asegura que escondía sus tesoros.
En fin, la isla de Alborán tiene una rica historia, en algunos casos mezclada con leyenda, a cuya difusión y conocimiento hemos querido colaborar en este pequeño artículo divulgativo.
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