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Beamon, 50 años del vuelo

El ex saltador de longitud Bob Beamon, en su visita a Ciudad de México. El ex saltador de longitud Bob Beamon, en su visita a Ciudad de México.

El ex saltador de longitud Bob Beamon, en su visita a Ciudad de México. / MARIO GUZMÁN / efe

Bob Beamon revisó los entresijos de su memoria, abrió sus grandes ojos y en un acto humilde se declaró sin argumentos para explicar cómo logró, hace 50 años, el récord mundial de 8,90 metros bautizado como el salto del siglo.

"Todo fue perfecto, aquel día pasó todo, hasta Dios estuvo de mi lado porque después de conseguir la marca comenzó a llover", dijo en su reciente visita a México para celebrar el medio siglo del registro con el que se coronó en el salto de longitud en los Juegos Olímpicos de México 1968.

El 18 de octubre de 1968, a 15 minutos de las cuatro de la tarde, la figura estilizada de Beamon empezó a moverse rumbo al cajón de saltos. El aire batía a una velocidad de dos metros por segundo y tras una carrera de impulso casi perfecta, Beamon emprendió el vuelo y se estiró hasta los 8,90.

Vestido de azul y blanco y marcado con el dorsal 254, al aterrizar Beamon dio tres saltos cortos hacia adelante y vivió segundos de zozobra porque los jueces no estaban listos para medir un salto tan largo. Buscaron una cinta y comprobaron varias veces antes de validar el resultado.

Que Beamon crea que fue ayudado por un Dios es un atajo para explicar su proeza. Si bien su carrera fue perfecta, el viento estaba en el límite de lo permitido (una décima más y le hubieran invalidado el récord) y el clima era ideal, nada lógico puede justificar una mejoría de la plusmarca mundial por 55 centímetros.

Elegante, con un saco azul que hace juego con un suéter rojo, pantalón de vestir y tenis, en su visita a México que terminó el pasado martes, Beamon reconoció ser un sentimental y advirtió que no sería raro si lo veían llorar. "Ya son 50 años y seguimos por aquí. Esto es maravilloso", expresó mientras a su lado sus amigos Dick Fusbury y el keniano Kipchoge Keino, campeón de los 1.500 metros planos, contaban sus gestas de 1968.

Para romper el récord de Beamon fue necesario que los americanos Mike Powell y Carl Lewis se enfrascaran en la batalla más dura de la historia del salto de longitud, escenificada en los Mundiales de Atletismo de Tokio, el 30 de agosto de 1991, un día después del cumpleaños 45 de Beamon. "Son dos cosas diferentes. Powell fue un gran atleta, pero una cosa es romper un récord mundial y otra diferente hacerlo para ganar un oro olímpico", dijo al referirse al 8,95 logrado por su sucesor.

Beamon llegó a México en buena forma, con una racha ganadora, pero pasó a la final por los pelos. El día antes de la disputa de las medallas hizo el amor con una mujer en la villa olímpica y en ese momento creyó haber echado a perder la competencia de su vida, según escribió años después.

Pronosticó que algún atleta batirá pronto la barrera de los nueve metros y mencionó como candidato al cubano Juan Miguel Echevarría, quien ya hizo 8,83 con 2,1 de viento. Beamon sabe que quien pase ese límite marcará el inicio de una nueva era. Sin embargo el día que ocurra esa hazaña nada cambiará para él. Su imagen en el aire seguirá siendo un símbolo para todos sus rivales, como si de veras hubiera ocurrido gracias a un pacto con un Dios.

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