A la luz del día
Antonio Montero Alcaide
Verdades absolutas
Habrá lectores que no podrán por menos de esgrimir una condescendiente sonrisa cuando vean que he decidido injertar en esta mi primera columna del año un planto entre solemne y jocoso parido por el anómico ingenio de un amigo mío también cincuentón quien, a la vejez viruelas, se ha metido a seminarista y cuya gracia no airearé a fin de preservar su recato. Al hombre no le peta exponerse en el candelero de la prensa local siquiera un día, no sea que estas poco católicas divagaciones acaben, tras una imposible cadena de casualidades, desazonando el desayuno de yogur con avena y frutos rojos a su director espiritual. El caso es que el texto, según me ha confesado, lo compuso enteramente en su magín justo al despuntar el día de año nuevo, cuando, para cerciorarse de que la segunda botella de chinchón extra seco todavía no le había achispado el caletre, masculló para sí unos versos de Jorge Manrique y se sumergió en una suerte de trance misticoide que un poeta zamorano calificara como don de la ebriedad. Luego, esas palabras permanecieron entre azucenas olvidadas hasta que mi amigo las pasó por escrito a la luz del mediodía con un bic prestado sobre el espacio de papel de estracilla que se salvó de las aceitosas escurriduras de los churros. «“Y pues vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado”. Y, en cambio, nosotros, con la monserga del año nuevo, vida nueva. ¡Vida vieja, qué coño! ¿O es que el número nuevo aliviará acaso la ponderosa magnitud de sus predecesores o evitará la aceleración de la caída? Incurrimos en la superstición de tratar como a una divinidad al siguiente y potencial movimiento de traslación del planeta suplicándole puerilmente la concesión de unas gracias con la esperanza de no quedarnos como siempre con un palmo de narices. Somos ríos que se empestillan en subir al monte y regresar a la fuente, negándose a desembocar en el frío y oscuro desorden que nos anuncia la segunda ley de la termodinámica. Y, sin embargo, ¡qué humano es ese empeño! Solo que ese tiempo que anhelamos, el del eterno presente sin orillas (Aión) o ese tiempo donde anida perdurablemente el beso robado o la sonrisa de un recién nacido (Kairos) cae lejísimos del único tiempo impuesto por nuestro modus vivendi/moriendi (Cronos), ese tiempo que marca palos de cómputo en nuestro corazón como el preso en la pared de su celda.»
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