A la luz del día
Antonio Montero Alcaide
Verdades absolutas
El último libro que leí este año ha sido Alucinaciones, de Oliver Sacks, una de las plumas más curiosas y bondadosas que nos ha dado la divulgación científica. El libro está lleno de historias curiosas, como a Sacks le gustaba: gente que ve pasar por delante de sus ojos desde tramas de hexágonos o líneas zigzagueantes hasta caras deformes o una versión diminuta de la batalla de Agincourt sobre las arrugas de una prenda de ropa colgada de la puerta, como le ocurre al propio Sacks después de tomar droga.
Hay todo un carrusel de experiencias alucinatorias: los hay que ven una bola de colores a la derecha de su campo visual, o quienes ven la cara del ratón Mickey sobreimpresionada sobre las caras de la gente, o quienes se ven a sí mismos y ya no saben si son ellos o su doble, o quienes olvidan que tienen brazo o recuerdan que tienen el brazo que perdieron.
Hay incluso pensamientos felices causados por un funcionamiento extravagante del cerebro. Alfred Russel Wallace, durante un ataque de malaria, ideó el mecanismo de selección natural. Y fue por el mismo motivo, tal vez complementado con tratamientos de opio, que Piranesi vislumbró, desarrolló e inmortalizó esas cárceles imposibles, levemente escherianas, por las que todos lo conocemos.
Sacks es claro al respecto: el cerebro es la razón de todo esto. Son golpes, heridas, hemorragias o corrientes eléctricas lo que nos engaña para que creamos lo que vemos, oímos, olemos o incluso sentimos. También el contacto con Dios y los ángeles, y los fantasmas de los muertos, y las olas dulces de ciertas experiencias cercanas a la muerte, no son más que excitaciones de nuestros lóbulos frontal o temporal.
La idea puede abatirnos, porque nos deja profundamente solos, pero puede ser también esperanzadora para quienes gozan de una buena salud, porque relativiza nuestros miedos, nuestros sueños, la opinión de los demás. Nuestras distintas versiones, y las de nuestros padres, a quienes atribuimos los dones y condenas que configuran nuestra vida, están en nuestra cabeza. Nuestra experiencia del tiempo y el espacio siguen su ritmo y sus reglas. Yo hace unos días estaba celebrando con mi familia el comienzo de 2024 y aquí estamos, con un año entero en los bolsillos, como ese cascabel de Men in Black que escondía un universo. Es el misterio de la vida, y lo llevamos pegado a la carne. Feliz año.
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