La consulta del especialista

Bienvenido al infierno

  • El atractivo del Angliru, un puerto mítico de LaVuelta, es su imponente dureza con rampas imposibles incluso para los ciclistas profesionales

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Antonio, en el comienzo del Angliru, con el característico cielo plomizo asturiano. Antonio, en el comienzo del Angliru, con el característico cielo plomizo asturiano.

Antonio, en el comienzo del Angliru, con el característico cielo plomizo asturiano.

Así reza un cartel, a modo de advertencia, al inicio de uno de los puertos míticos de La Vuelta Ciclista a España. No es otro que el mítico Angliru. Situado en el concejo de Riosa, a tan 20 kilómetros de Oviedo se alza el coloso en el vientre de la Sierra de Aramo, puesto en valor desde que se incorporó al recorrido de la ronda ciclista. Antes era un desconocido solitario únicamente transitado por vacas y pastores. Su atractivo no es otro que su imponente dureza con rampas imposibles incluso para los profesionales. Cuentan los lugareños que, excepto a los primeros de la general de La Vuelta Ciclista a España y a los que disputan la etapa, a un gran número de corredores hay que “darles un empujoncito” en las cuestas más duras, sino casi que se bajarían de la bici.

Al dar la casualidad de que hemos pasado unos días de vacaciones en Asturias, tenía en mente la posibilidad de intentar ascender a dos de las cimas míticas que uno ve por la tele: el mítico Angliru y la subida a los Lagos de Covadonga. Soy muy de retos, de desafíos y de saber si voy a poder o no.

Recojo la bicicleta alquilada en una tienda de Oviedo llamada Carmabike. El dueño me repite varias veces: “El Angliru es muy muy duro eh? Aquí vienen muchos extranjeros hartos de subir puertos y todos dicen lo mismo, que es lo más duro que han subido nunca” -mientras me mira de arriba abajo pensando que no voy a poder. Ya veremos, desde luego que lo voy a intentar y no soy de los que se rinden fácil -le replico mientras salgo por la puerta.

La llegada desde Oviedo a La Vega (Riosa) es cuesta abajo. Son 20 kilómetros muy llevaderos que te obligan a pensar en lo que te viene. He visto videos de Youtube de la ascensión y es realmente espectacular. Me he preparado en estas semanas subiendo Velefique y Bacares con rampas exigentes pero no como esto de hoy.

¿Cómo es subir una cuesta del 21%? Como una pared, donde casi no avanzas y al dar pedales la rueda de delante se levanta

Casi en un suspiro llego a La Vega y en una rotonda a la derecha, casi escondido, aparece un cartel que te índica “Bienvenidos al Angliru, el olimpo del ciclismo. 12,5 kms, altitud 1573 metros, desnivel 1266 metros, pendiente media 10,13% y pendiente máxima 23,5%”. Me hago la foto de rigor y un lugareño me observa con cara de asombro al ver que coloco la bici para comenzar a ascender y me susurra “Suerte…” con el mismo tono que se le dice a alguien que va en misión suicida.

Comenzamos el ascenso y me lo tomo como en una maratón, kilómetro a kilómetro. Una cosa que me ayuda mucho es el cartel que marca el inicio del kilómetro; te marca la pendiente media y la rampa más dura, así te hace una idea de lo que te espera. En Velefique y otros grandes puertos lo tienen. Los primeros 6 kilómetros son bastante llevaderos, de constante subida pero perfectamente asequibles. El desnivel va desde el kilómetro 1 al 5,9% al kilómetro 4 que es al 8,9% de pendiente media. No me parece el puertaco ese que da tanto miedo y aunque hay muchas rampas al 12%, sé que lo peor está por llegar.

Me he preparado subiendo Velefique y Bacares con rampas exigentes pero no como esto

El paisaje no es de montaña aún; hay casas a ambos lados de la carretera, coches que suben y que bajan, pero nada fuera de lugar. Mis sensaciones son muy buenas, las pulsaciones están mantenidas y voy reservando. La subida es como las que me gustan, nada de rectas interminables sino curva y contracurva, como una “S” infinita que te lleva arriba sin darte cuenta. Llego casi sin darme cuenta a un falso llano en el kilómetro 5 y justo al acabar ya veo lo que llega. Casi como si atravesara un túnel invisible comienza el puerto de verdad con la primera bofetada en la frente: “Les Cabanes”, un pedazo de rampa al 21% que te dice que te has metido en la boca del lobo y ya no hay descanso hasta la cumbre.

Mucha gente me pregunta cómo es subir una cuesta del 21%. Pues es como una pared, donde casi no avanzas y al dar pedales con todo el desarrollo metido, la rueda de delante se levanta debido a la fuerza que se aplica. Después de este palo “suaviza al 15%” el resto del kilómetro. ¡He podido! -me digo a mi mismo. Es el primer zapatazo serio y lo he salvado. Seguimos subiendo y noto el fresco. Aunque el sol pelea con las nubes, de momento hace un día genial. El Kilómetro 9 endurece mucho el recorrido. Se inicia al 18% y se termina con otro rampón al 20%, Los Cobayos.

Ya no hay coches, no hay ciclistas, solo estamos vacas y yo. Al terminar la recta y coger una curva izquierda lo veo. Kilómetro 10, pendiente media 17,4%, pendiente máxima “Cueña les cabres” del 23,5%. Resoplo y comienza el Angliru casi. Miro el cuentakilómetros y marca 7.5 km/hora. Las piernas comienzan a dolerme y noto los latidos del corazón en el pecho y las sienes, esfuerzo máximo. Para colmo es una recta infinita y el final no se adivina porque ahora las nubes tapan la carretera. Sufro. Hago “eses” en la carretera porque no puedo subir en línea recta debido a la pendiente. Son los 500 metros más largos de mi vida.

Heras y Aitor González, en la subida al Angliru en 2002. Heras y Aitor González, en la subida al Angliru en 2002.

Heras y Aitor González, en la subida al Angliru en 2002.

De repente veo dos motos paradas en medio de la carretera y no entiendo el motivo hasta que llego a su altura. Una vaca enorme ocupa el centro de la calzada que no tiene más de 3 metros de ancho. Permanece de pie y con mirada desafiante mientras deposita sus heces sobre el asfalto. No entiendo de vacas, pero sí sé que como te embista debe ser lo más parecido a que te atropelle un autobús. Como me pare no podré volver a subir así que tomo una decisión en décimas de segundo: sigo.

Adelanto a los moteros que miran expectantes y paso al lado de la vaca tarareando una canción como para intentar tranquilizar al bicho y hacerle ver que solo quiero subir el puerto, que no soy ninguna amenaza. Hay que tener en cuenta que casi no sale aire para silbar teniendo en cuenta el cuestarrón en el que estoy metido. Me mira con la cara con la que miran las vacas, pura indiferencia y me deja pasar. Qué sensación escuchar respirar a una vaca de 700 kg a 30 cm de mi cara. Segundos después me adelantan los moteros. No puedo más.

Coronado el puerto, una foto para enmarcar. Coronado el puerto, una foto para enmarcar.

Coronado el puerto, una foto para enmarcar.

Casi noto que los muslos se van a romper; cuando creo que voy a tener que parar llego a una curva a derecha que suaviza al 16%, lo justo para poder dar un poco de descanso a las piernas. Kilómetro 11, ya casi estoy, ¡y una leche! Pendiente máxima 20%. ¡Madre mía, estoy vacío y me queda otro repecho! Comienzo a contar las líneas discontinuas del asfalto mientras pedaleo para engañar a mi cerebro y llego a la zona más dura del tramo, “El Aviru”. Sin mirar adelante hasta que aparece un panel al lado de la carretera: Chava Jiménez ganador en Angliru 1999. Uno de mis ídolos en ciclismo junto a Perico e Indurain. Se me ponen los pelos de punta y la adrenalina hace el resto, aprieto dientes, me pongo de pie en la bici y para arriba. Heras, Contador, Cobo, Simone o Elisonde que son los ganadores de las ediciones de la Vuelta donde se coronó el coloso asturiano, también tienen su cartel a modo de homenaje. Kilómetro 12, ya estoy.

Ligera bajada y llego a la explanada que marca el final del trayecto. Me siento completamente vacío pero inmensamente feliz por poder ascender a una cota mítica que tenía grabada a fuego en mi mente. Hoy pude. ¡¡He subido el Angliru!! Mi mente y mis piernas me llevaron hasta lo alto, no sin agonía. Llegar al infierno no podía ser de otra manera.

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