La tragedia de verdad
La primera vez
El fútbol, irremediablemente, es pasión. Arrebatársela sería como eliminar la levadura de la repostería. Este deporte vive de eso. De las estridencias, del ruido, de los acelerones, del subidón de lo inmediato. De ese penalti que te frustra y del gol que te lanza al vacío. Por eso, los análisis en caliente distan tanto de los que se hacen de forma sosegada, cuando el partido se ha digerido. Pero no siempre. Hay veces que ambas caras, la del frenético ultra del domingo y la del reflexivo aficionado del jueves, comparten nexos. El pasado sábado abandoné el Mediterráneo con la sensación de que este proyecto encabezado por Rubi no tiene pinta de lograr el objetivo. No fui el único. Sin embargo, en mi caso fue la primera vez. Hasta ahora, siempre había confiado en que el tiempo premiaría la estabilidad y haría brillar una plantilla que considero equilibrada y competente, apta para pelear por el ascenso. Normalmente, el paso de los días iba eliminando la bruma y dejaba ver todo con más claridad, pero a estas alturas de la semana, a las puertas ya de un nuevo choque, ese fugaz pensamiento en caliente se va convirtiendo en una fuerte convicción en frío, porque los fallos del pasado curso se siguen repitiendo en este. Jornada a jornada. Los archiconocidos problemas defensivos, la anarquía a la hora de presionar, la ausencia de alternativas y, ahora, la inoperancia ofensiva. Hay quien puede pensar que un buen resultado disiparía toda duda. No es suficiente. Porque ni las victorias ante Andorra o Granada dejaron la sensación de que los errores se estaban subsanando. Más bien, ocultaron esos defectos tras el cálido manto de los tres puntos. Hace falta más. Hay que arreglar fallos que ya son vicios. Y Rubi es responsable de ello.
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