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No fuimos conscientes de la importancia que cobra Andrés Fernández en la tropa de Rubi hasta el viernes pasado. Un futbolista que forma parte de la columna vertebral de un equipo que, en gran medida, sigue en la pomada por el ascenso directo gracias a su rendimiento. Porque eso de «a saber cómo estaríamos sin Andrés» lo han comentado algunos aficionados lo largo de los últimos meses; ahora es una afirmación unánime en el almeriensismo. Es curioso porque el verano pasado recuerdo que un gran sector de la afición no entendió su fichaje. «Tiene 40 años»; «ya tenemos a Fernando»; «¿es un portero para aspirar al ascenso?». La de vueltas que da el fútbol. Andrés es un tipo que convierte lo extraordinario en rutinario. Cada jornada, el guardián rojiblanco se las arregla para enmendar los desaguisados de sus colegas de parcela con dos o tres acciones espectaculares ante oportunidades de valor gol. ¿Es positivo que el portero sea protagonista cada domingo? Desde luego que no. Pero, dentro del mal rendimiento del colectivo en defensa, Andrés se alza como una razón de peso para poder seguir soñando con el ascenso directo. Siempre se ha dicho que con un buen portero y un delantero basta para poder ganar partidos. Ahí tienen, por ejemplo, la Champions del Real Madrid en 2022 con Courtois y Benzema. En cualquier caso, teniendo en cuenta que el rendimiento global del equipo aún no está a la altura de un candidato a la promoción por la vía rápida pese a que las matemáticas digan lo contrario, Andrés es un argumento al que poder agarrarse esta temporada y Miguel pinta a que va por el mismo camino. Por fin, cuatro temporadas después del sobresaliente año de Fernando, podemos decir sin temor a equivocarnos que el Almería tiene portero.
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