A la luz del día

Septiembre otra vez, o no

El inicio de septiembre parece consabido, como si se tratara esta vez de las mismas circunstancias, o no

Los comienzos de septiembre resultan para ella algo semejantes a los de enero, cuando el Año Nuevo reitera la convención del tiempo. En septiembre, el comienzo del curso escolar conlleva el de otros y variados cursos, tras la finalización de las vacaciones, asimismo establecidas por la convención. Por eso, ya a pocos días del inicio septembrino, está anticipando las rutinas que el trabajo implanta. Entre otras, los madrugones a los que ahora ella quiere ir acostumbrándose con un progresivo ajuste de las alarmas del teléfono. Y también echa algún rato con la pormenorizada anotación de los propósitos alumbrados estos días de ocio, así como de las tareas y los cometidos que ha de afrontar nada más incorporarse de nuevo al trabajo y en las primeras semanas, porque suele tener ocupada la agenda con bastante antelación. Nada, entonces, que no sea del todo ajeno al protocolo de un nuevo septiembre, otro más, al que faltan las felicitaciones, el espumillón y las campanadas, si bien participa del inicio de un tiempo nuevo. Aunque buena parte de las expectativas y de las bienintencionadas intenciones queden aminoradas, cuando no deshechas, por el determinante efecto de la normalidad.

Este año, sin embargo, septiembre, a la vuelta de pocos días, no parece tan parejo a los precedentes -excluida la infausta pandemia-, ya que los pavorosos pronósticos han sustituido a las serpientes de verano y la actualidad parece un pandemonio. Tan habitual oyente como ella es de los informativos radiofónicos, ha optado por arrinconar el transistor que siempre tiene cerca en casa y, así, no dejarse llevar por la negrura de los malos barruntos. Además de librarse de una enigmática confabulación que hasta parece apocalíptica: inflación, «reduflación», recesión técnica, tarifa libre, mercado regulado, ciclo combinado, gas topado…, cuando toman nombre los peores augurios que llevan ya tiempo anunciándose con el precio de la cesta de la compra, las facturas de la luz y del gas, el costo del combustible y el importe de todo aquello que concurre en los gastos del vivir. Y queda la sequía. Quizás por eso este verano haya sido algo así como una última oportunidad de disfrutar de la convención de las vacaciones, a medio camino entre la expansión del ánimo, tras el encierro de la pandemia, y las apreturas y estrecheces de las premoniciones malhadadas. Y acaso también, por eso mismo, ella se pregunte si este septiembre será otro más, o no.

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